LA NOCIÓN DE INCONSCIENTE EN C. G. JUNG.
(Enrique Galán Santamaría)
Puede entenderse el conjunto de la obra de Jung, tanto la publicada
como la inédita -de una extensión igual, si no mayor, que la Fundación
Philemon promete publicar a lo largo de los próximos treinta años-, como
una investigación de lo inconsciente. La denominación que eligió para
su psicología, psicología analítica, es en sus propias palabras una
psicología de lo inconsciente que recubre el ámbito entero de la
psicología profunda (4, § 523)1. Una psicología general de la psique
objetiva según se manifiesta en la psique subjetiva del individuo, su
consciencia, y en el mundo simbólico de la humanidad desde sus oscuros
orígenes.
Jung utiliza muy pronto en su obra el término
‘inconsciente’, e incluso concluye su tesis de licenciatura esperando
que “mi trabajo contribuirá a abrir a la ciencia una vía para ir
aclarando y asimilando progresivamente la todavía muy discutida
psicología de lo inconsciente” (1, § 150). Conocedor de los autores
franceses –estudió con Janet un semestre- sigue fundamentalmente la
acepción de Breuer y Freud, de quien será fanático defensor público
durante seis años, y continuador y renovador el resto de su vida, a
pesar de su alejamiento. Con Jung, el psicoanálisis temprano, anterior a
la Primera Guerra Mundial, no sólo se internacionalizó, sino que las
hipótesis junguianas que ampliaban el psicoanálisis se han revelado
mucho más efectivas en la teoría de la psique y más liberadoras en el
ámbito de la clínica que el catón freudiano que era el psicoanálisis
entonces, personalista y familiarista. Tras un siglo de psicología
profunda - siglo de la psicología en general-, conocida gracias a una
historiografía ya no hagiográfica, resulta evidente que la imagen
antropológica actual en Occidente tiene un fundamento psicoanalítico,
esto es, da por segura la existencia de una vida psíquica inconsciente.
Textos relevantes
En primer lugar, estableceré una breve lista bibliográfica de aquellos
textos de Jung que presentan explícitamente su formulación de lo
inconsciente. Hay que tener en cuenta que la obra de Jung se extiende de
1896 a 1961, esto es, cubre sesenta y cinco años de investigación
psicológica desde una perspectiva clínica. Para orientarse en este
amplio periodo deben diferenciarse varias fases, definidas según
predominan en esta investigación unos u otros fenómenos de lo
inconsciente.
La época de capacitación psiquiátrica de Jung,
durante la primera década del siglo XX, en la clínica Burgöhlzli
dirigida por E. Bleuler, está representada por su tesis de licenciatura
(1, 1), publicada en 1902, y su tesis doctoral (2, 5), publicada en
1906, que alumbra la noción psicoanalítica de complejo, argumentada a
partir de la psiquiatría experimental. Ya en contacto directo con Freud,
en 1907 sale a la luz su ensayo sobre la demencia precoz (3, 1) y al
año siguiente su pequeño texto sobre la psicosis en general (3, 2), que
constituyen la primera aplicación del psicoanálisis, pensado para tratar
las neurosis, a las psicosis. Esta época freudiana de Jung se extiende
hasta 1913.
La modificación necesaria que experimenta la teoría
psicoanalítica en su adecuación a la psicosis conduce a Jung a proponer
en su Transformaciones y símbolos de la libido (5), publicada entre 1911
y 1912, sus dos hipótesis mayores: (a) la libido no es una energía
exclusivamente sexual, sino psíquica en general; (b) hay contenidos
psíquicos inconscientes en el individuo que no pueden remitirse a sus
experiencias biográficas, ni la infancia es la edad determinante. Allí
habla por primera vez de un inconsciente suprapersonal o impersonal,
colectivo. El resultado de esa propuesta es su expulsión del
psicoanálisis.
En la constitución de su ‘psicología analítica’,
Jung empieza con un esbozo de topografía psíquica, “La estructura de lo
inconsciente” (7, 4), que vio la luz en 1916 y que sería ampliado una
década después con el título Las relaciones entre el yo y lo
inconsciente (7, 2), y un texto más elaborado, “Sobre lo inconsciente”
(10, 1), publicado en 1918, al que sigue un año después “Instinto e
inconsciente” (8, 6), donde aparece por primera vez el término
‘arquetipo’. En 1926, cinco años después de Tipos psicológicos (6, 1),
que marca un hito en su carrera, publica Lo inconsciente en la vida
normal y patológica (7,1), reelaboración de un escrito de 1912 (7, 3),
que se centra en los aspectos históricos y conceptuales del concepto
clave de la psicología profunda. También de los años veinte proviene “La
estructura del alma” (8, 7). Cierra este ciclo “El concepto de
inconsciente colectivo”, de 1936 (9/1, 2). Pero será en su contribución a
los Encuentros Eranos de 1946 donde ofrezca la más acabada presentación
de lo inconsciente, con el título “El espíritu de la psicología”,
ampliado en 1954 como Consideraciones teóricas acerca de la esencia de
lo psíquico (8, 8). Este mismo año revisa Tipos psicológicos, su tratado
de psicología.
Conviene recordar que a partir de los años
treinta Jung se apoya en la alquimia para orientar sus estudios y
argumentar sus hipótesis, dotando de contexto histórico su propia
investigación. Sus anteriores planteamientos van ganando en profundidad y
extensión, mostrando las oportunidades que presenta su modelo para la
delimitación de la psique. A sus monografías sobre arquetipos básicos
(madre, niño, niña, pícaro, sacrificio, desarrollo, cuaternidad…) se le
suman los grandes tratados sobre el sí-mismo (Aion en 1951 [9/2]) y el
proceso de individuación (Mysterium coniunctionis en 1955-56 [14]),
además de su descripción de Un mito moderno (1958 [10, 15]), propio de
nuestra era tecnológica.
Teoría de lo inconsciente
La
noción de inconsciente surge como respuesta a los planteamientos
cartesiano y kantiano relativos a la razón, fundamentándose en el
estudio del sueño y la locura, esto es, la imaginación y la pasión.
Filósofos y médicos en Inglaterra, Alemania, Francia, entre ellos los
padres de la psiquiatría y de la psicoterapia, crearán esa tradición en
la que Freud constituye un punto de inflexión. Jung se referirá en
distintas ocasiones a cómo la primera noticia de una psique
inconsciente, en Leibniz y Kant, dará lugar a un amplio desarrollo en
Schelling, Carus o von Hartmann de una filosofía de lo inconsciente,
cuya influencia es evidente en la psicología de lo inconsciente de Jung.
Jung sigue la vía abierta por Freud al rechazar la hipnosis,
que desde Mesmer a Bernheim había sido la vía de contacto con lo
inconsciente en la psicoterapia, y en su concepción de un inconsciente
dinámico pulsional. La psicosis revela la existencia de un inconsciente
que no es freudiano y adleriano, que no está sujeto a represión ni es
mera ficción defensiva. Un inconsciente transpersonal que revela la
existencia de una psique objetiva expresada mediante fantasías
mitológicas que funcionan como categorías kantianas (10, §13).
Lo inconsciente es una hipótesis psicológica y se trata de un concepto
límite (6, 1, “definiciones”) que viene determinado por los límites de
la consciencia y su unilateralidad temporal obligada. Por eso “resulta
del todo imposible indicar cuál es la extensión de lo inconsciente ni el
estado de los contenidos psíquicos inconscientes “ (Íbid.), por lo que
“no existe ninguna esperanza de que la validez de cualquier enunciado
sobre los estados o procesos inconscientes pueda ser científicamente
demostrada” (8, § 417). Sólo podemos captar lo inconsciente por sus
indicios en síntomas, sueños o en proyección, en el otro o en el cosmos.
Intentaré presentar la teoría junguiana según los siguientes
aspectos: (a) topografía de la psique, (b) estructura del sujeto, (c)
dinámica psíquica y (d) formaciones de lo inconsciente
Topografía de la psique
Jung define desde muy pronto “tres capas anímicas”: consciencia,
inconsciente personal e inconsciente colectivo (8, § 321). En la
consciencia rige el complejo del yo, en lo inconsciente personal, donde
se encuentra lo reprimido, lo olvidado y lo subliminal, los complejos, y
en lo inconsciente colectivo los arquetipos, con su límite
irrepresentable, lo psicoide (8, § 380).
El umbral de la
consciencia determina qué es consciente y qué no. Es decir, los
contenidos inconscientes sólo se hacen conscientes si tienen una
intensidad mayor que la de ese umbral o si se da un descenso de nivel
mental. Así pues, la actitud y el estado de la consciencia delimitan qué
es inconsciente para un sujeto, teniendo en cuenta que “la frontera
entre lo consciente y lo inconsciente lo determina en gran medida
nuestra cosmovisión” (10, § 47).
La consciencia es un sistema de
orientación que cuenta con cuatro funciones en equilibrio de opuestos:
pensar/sentir –racionales, en cuanto creadoras de los juicios de hecho y
de valor- y percibir/intuir, que son arracionales y permiten captar lo
dado o su tendencia. Junto a las funciones, Jung describe dos actitudes,
también polares: introversión y extraversión, según se dirija el
interés del sujeto al mundo interior o al exterior. En este esquema hay
una actitud y una función dominantes en la consciencia del sujeto, lo
que define un tipo psicológico, actuando sus actitud y función opuestas
en lo inconsciente.
Las dos funciones restantes funcionan como auxiliares de la principal.
Lo inconsciente mantiene una relación de oposición con la consciencia.
Ésta es discontinua y aquél continuo. La consciencia es unilateral, lo
inconsciente, total. La consciencia está sujeta al aquí y ahora, lo
inconsciente es atemporal y aespacial. La consciencia es actual, lo
inconsciente potencial. La consciencia está limitada, lo inconsciente es
ilimitado. La consciencia constituye la función de realidad y permite
la comunicación, lo inconsciente es pura creatividad y sus contenidos
son desconocidos como tales. La consciencia se formula en forma de
ideas, lo inconsciente en imágenes simbólicas. En cualquier caso, “no
hay ningún contenido de la consciencia que en otro sentido no sea
inconsciente” (8, § 385), pues consciencia e inconsciente son
simultáneos. Dicha oposición puede manifestarse como conflicto,
compensación y complementariedad, según sea la posición consciente del
sujeto.
En cuanto a lo inconsciente personal, lugar de lo
olvidado, subliminal, suprimido y reprimido, viene definido por
contenidos referidos a la experiencia biográfica objetiva transformados
por la acción del complejo –amalgama de representaciones y emociones
ligados a un objeto externo o interno. La acción del complejo se
manifiesta en la orientación que imprime a la libido (interés) y la
intensidad emocional expresada en la conducta.
Lo inconsciente
colectivo, también denominado impersonal o suprapersonal, es la psique
objetiva, psicoide en lo correspondiente a la naturaleza biológica o
cósmica, espiritual en lo correspondiente a la naturaleza cultural del
hombre. Lo inconsciente colectivo integra tanto al instinto (“forma
típica de la acción”) como al arquetipo (“forma típica de la
aprehensión”) (8, §§ 273 y 280).
La noción de arquetipo,
genuinamente junguiana, recibe varias denominaciones (imago, imagen
primigenia, dominante, fantasía mitológica, motivo mitológico o
mitologema) a lo largo de su obra. En relación con el instinto, el
arquetipo es “autorretrato” (8, § 277), “correlato” (8, § 280), “la
forma en que se manifiestan los instintos” (8, § 339), “modelo
paradigmático del comportamiento instintivo” (9/1, § 91), el “sentido
del instinto” (8, § 398) o “forma típica del comportamiento que al
volverse consciente aparece como representación” (8, § 435). En este
sentido tiene el mismo carácter automático, forzoso, compulsivo del
instinto y sus impulsos (9/1, § 99), es decir, “los arquetipos se
comportan como instintos” (8, § 404). En suma, “el arquetipo es
naturaleza pura y no falsificada” (8, § 412).
Tanto ‘instinto’
como ‘arquetipo’ son nociones científicas que describen fenómenos
acotados por la teoría que los argumenta. El primero es objeto de la
biología –etología-, el segundo, de la psicología, entendida como
ciencia natural, energetista. La investigación del arquetipo llevará a
Jung más allá de la biología a la física, acuñando el término
‘sincronicidad’ para caracterizar esa conexión acausal de los mundos
interno y externo (8, 18 y 19). Jung considera que “lo inconsciente
colectivo es un alma atemporal y universal (… del que) podemos esperar
reacciones ante las condiciones más universales de naturaleza
psicológica, fisiológica y física” (8, § 324). Así, tal vez “materia y
psique sean dos aspectos diferentes de una misma cosa” (8, § 418). Por
lo tanto, la investigación de ese objeto implica al conjunto de las
ciencias, humanas y naturales.
Nos encontramos ante un alma
universal que sólo captamos por su “influencia organizadora en los
contenidos de la consciencia” (8, § 439), que en sí es trascendente a la
consciencia, “irrepresentable” (8, § 417). Es decir, sólo podemos
“inferir” (8, § 297) los contenidos inconscientes captando el sentido de
su aparición en ese momento. Atendiendo a su sentido, lo inconsciente
aparece como una “consciencia múltiple” (8, epígrafe F) pues múltiples
son los arquetipos, tantos como experiencias típicas humanas (9/1, §
99). Su más clara objetivación se da en la simbología cultural.
Estructura del sujeto
A esta topografía de sistemas psíquicos según la energía de activación,
va aparejada una estructura del sujeto. De forma análoga a la segunda
tópica freudiana, se encuentra en Jung una personalización de los
núcleos de acción psíquica, entendidos en su caso como arquetipos, no
como instancias.
Jung define, a partir de una fenomenología
basada en figuras oníricas y de la fantasía, los arquetipos psicológicos
de la individualidad: persona, yo, sombra, sicigia ánimus/ánima y
sí-mismo. Son conceptos que van apareciendo a lo largo de su obra y que
encuentran su definición más acabada en los primeros capítulos de Aion.
La persona es el arquetipo de lo social, la interfaz entre el sujeto y
su medio social, la “máscara” con la que el individuo responde a las
expectativas de su medio familiar, profesional, social y político. El
término aparece por primera vez en su artículo de 1916 (7, 4) definido
como “imago subjetiva”, un “recorte de la psique colectiva”, un
“compromiso entre el individuo y la sociedad” (7, § 246). Constituye el
aspecto más externo del yo y puede relacionarse con el lado consciente
del yo freudiano. La identificación del yo con la persona indica un
déficit de individualidad en el sujeto, que en ese caso vive única y
exclusivamente de cara al exterior.
El yo, el complejo del yo,
denominación que encontramos desde la primera publicación de Jung,
constituye el centro del campo de consciencia. Para Jung es consciente
todo aquello que está relacionado con el yo. El yo dirige su atención al
mundo exterior (extraversión) y al mundo interior (introversión),
contando con sus capacidades psíquicas individuales, que surgen en el
intercambio de su objetividad psíquica y la consciencia colectiva, para
hacerse cargo de la realidad objetiva. Es decir, el yo se encuentra
entre la consciencia colectiva y lo inconsciente colectivo(8, § 423).
Individualizarse respecto a esos colectivos es labor de toda la vida y
constituye el proceso de individuación, como veremos más adelante.
La realidad objetiva (en cuanto autónoma) de la psique se le presenta
al yo en forma de sombra, concepto junguiano que integra las nociones
freudianas de inconsciente (represión) y preconsciente, que en parte
coincide con el subconsciente de Janet (subliminal). Se trata de la
esfera donde se mueven a su aire los complejos y origen de toda
psicopatología, de las entidades nosológicas a la psicopatología de la
vida cotidiana. Esta sombra, fácilmente imaginable, es objeto de
creación religiosa y artística y reconocible en la conciencia (moral)
personal. Pero en realidad es inconsciente, es decir, aparece como
síntoma o en proyección del individuo. En lo que atañe a lo personal y
familiar (nivel freudiano) o a lo social (nivel adleriano) la sombra
puede hacerse consciente en su confrontación con la persona. La sombra
que proviene de lo inconsciente colectivo se expresa socialmente en el
horror e internamente en el pavor. Es el mal.
En cualquier caso,
para Jung, la sombra no sólo tiene contenidos negativos sino también
muy positivos. Entre los últimos, el fundamental es que la realización
de la sombra –ser consciente de la sombra personal- permite atisbar la
riqueza de la psique objetiva trascendente a la consciencia. La sombra
es tanto ese adversario interior –presente tantas veces en los sueños-
como el arquetipo más conscienciable por el yo. Y es a través de la
sombra, o con un aspecto sombrío, como se presentan los demás arquetipos
estructurales en un principio: asustando.
Así ocurre con la
sicigia ánimus/ánima, términos tomados del poema ontológico de Lucrecio
para denominar al logos paterno y al eros materno (9/2, § 29), que moran
en lo inconsciente colectivo de cada individuo. La noción de ánima
surge en la obra de Jung asociada a la de persona (7, § 521) en 1916.
Para Jung la persona hace de intermediario con el mundo social y el
ánima con el mundo interior. Pero eso sólo es válido para el varón.
Hasta 1925 no presenta la noción de ánimus (17, § 338), contraparte
sexual de la mujer en su inconsciente. En ambos casos, las contrapartes
sexuales inconscientes están proyectadas. El varón proyecta su ánima
sobre la mujer, a través de sentimientos amorosos u odiosos eróticos, la
mujer proyecta su ánimus sobre el hombre, a través de sentimientos
amorosos u odiosos espirituales. Resulta interesante que la noción de
ánimus la introduzca Jung en un artículo sobre el matrimonio. Pues es
precisamente el cuaternio matrimonial el que sirve para entender la
estructura del sí-mismo (16, 12): las bodas químicas de la consciencia y
lo inconsciente.
El sí-mismo es el núcleo dinámico más interior
al sujeto. Jung llega a él gracias a la alquimia taoísta en 1929 (13, §
67) y será la noción que orientará su futura investigación a partir de
los años treinta. El sí-mismo es el centro de la psique objetiva del
individuo, es decir, del conjunto de consciencia e inconsciente,
“expresa la unidad y totalidad de la personalidad global” (6, 1,
“definiciones”). Se trata de una unión de opuestos
(consciencia/inconsciente, individual/colectivo), que se nos representa
en forma de figuras sobrehumanas, animal divino, árbol y estructuras
geométricas mandálicas –círculo y cuadrado, a veces en integración.
Orienta el proceso de individuación.
El sí-mismo es el arquetipo
de la individualidad psicológica. Su aspecto consciente es el yo. Su
aspecto inconsciente, trascendente a la consciencia, se infiere de las
imágenes espontáneas en la psique que se presentan con numinosidad. El
eje sí-mismo/yo es la clave del desarrollo psicológico.
Dinámica psíquica
Jung nos ofrece dos facetas de la dinámica psíquica: (a) energética y
(b) biográfica. La primera se refiere a las transformaciones de la
libido entendida como una energía hipotética (10, § 7) a la que aplica
las leyes de termodinámica. (1928, [8, 1]) La segunda se denomina
proceso de individuación (1928 , [7, 2]) al que aplica las fases del
proceso alquímico (1956 [14]).
El umbral de consciencia es un
concepto energetista (8, § 363) y esta concepción, basada en el juego de
opuestos, puede aplicarse a los opuestos psíquicos
(consciente/inconsciente, individual/colectivo,
introversión/extraversión, ánimus/ánima, instinto/espíritu… en
conflicto, compensación, complementariedad), lo que les permite “ser
observados desde el punto de vista de las ciencias naturales” (8, §
406). De ese modo, “los procesos psíquicos aparecen como compensaciones
energéticas entre el espíritu y el instinto (…) en una escala a lo largo
de la cual se desliza la consciencia (8, § 407).
Describe así
Jung los movimientos autorreguladores de la libido según el curso
(progresión/regresión) y la orientación (introversión/ extraversión).
Valor fundamental, sobre todo en la clínica, adquiere su posibilidad de
desplazamiento y el papel que ocupa el símbolo, “máquina psicológica que
transforma la energía” (8, § 88).
El proceso de individuación,
cuya primera formulación se encuentra en Las relaciones entre el yo y lo
inconsciente y la última en Mysterium coniunctionis, es el proceso de
diferenciación y articulación de los opuestos conciencia/inconsciente y
colectivo/individual a lo largo de la vida del individuo a partir de un
estado originario de identidad con la madre-cosmos. Se da un ritmo entre
individualización externa, correspondiente a la diferenciación (de la
madre, la familia, la función paterna; del mundo externo e interno) y la
individuación interna que permite articular logos y eros, funciones y
actitudes opuestas, arquetipos antagónicos o aspectos antagónicos del
arquetipo… gracias a la función transcendente (8, 2).
La
dialéctica de los arquetipos estructurales arriba mencionados en el
proceso de individuación puede describirse del siguiente modo: la
confrontación de la persona con la sombra permite diferenciar el yo; la
confrontación del yo con la sicigia permite diferenciar el sí-mismo; la
confrontación del sí-mismo con el alma del mundo permite diferenciar el
Unus mundus. Este proceso se superpone al más empírico de la primera
parte de la vida (ascensional, puer), donde los procesos de
individualización externos se acompañan por la liberación del yo del
peso social de la persona (realización de la sombra) y la fijación de
las figuras anímicas mediante el emparejamiento (realización de la
sicigia), para dar paso en la segunda parte de la vida (declinar, senex)
a la comprensión de un centro rector de autorrealización (realización
del sí-mismo) y de un orden cósmico animado de sentido (realización del
Unus mundus). Hay que entender realización como cobrar consciencia.
Evidentemente, este modelo abstracto no puede hacer justicia a la
complejidad que supone toda vida empírica, donde se dan estas
dialécticas en ciclos parciales, esporádica o simultáneamente. Todo
depende de cuál sea el arquetipo dominante o la resultante de arquetipos
diversos en un momento dado. Y qué actitud tenga la consciencia ante su
propia psique objetiva. Lo fundamental es cómo va ampliándose o
flexibilizándose la consciencia en su relación con lo inconsciente para
dar más profundidad al alma individual.
Formaciones de lo inconsciente
Lo inconsciente sólo puede ser deducido o inferido “a partir de lo que
encontramos en nuestra consciencia” (8, § 352). Es decir, depende del
estado de nuestra consciencia qué contenidos consideremos inconscientes.
Las fuentes tradicionales de estos contenidos se encuentran en la
ensoñación, los sueños, la proyección, los síntomas y, en lo que
respecta a lo inconsciente colectivo, la mitología –incluida la
religión-, el arte y el pensamiento. En todos los casos los modos
expresivos son simbólicos, resultado de la aplicación de la función
transcendente, simbolizadora (10, §§ 25 y 33).
En lo que toca al
individuo, los sueños son la fuente inmediata de un mundo psíquico
inconsciente. Jung subraya su aspecto dramático, con localización,
intriga, peripecia y desenlace (8, § 561-564), recomienda que se
analicen serie de sueños, incluso cientos, si deseamos captar el proceso
de individuación (8, § 550), y que se diferencie entre nivel de objeto y
de sujeto (6, 1, “definiciones”) en su análisis y amplificación
(correlato arquetípico).
Respecto a la fantasía, “expresión
directa de la actividad vital psíquica, de la energía psíquica” (6, 1,
“definiciones”) Jung ha puesto a punto un instrumento técnico, la
imaginación activa, consistente en establecer una atención enfocada,
mediante instrumentos potenciadores de la creatividad (escritura,
pintura, música, danza…), a los contenidos de lo inconsciente que llegan
a la consciencia (9/1, § 101).
Los síntomas se escalonan en el
arco de la psicopatología disociativa desde estados de desasosiego a
delirios estructurados. Aunque Jung no trata específicamente la
psicosomática la da por supuesta en muchos pasajes de su obra,
refiriéndola al aspecto psicoide del arquetipo. En cualquier caso, Jung
considera que en las enfermedades de todo tipo se presenta un juego
arquetipal. De todos modos, hay que atender el movimiento de los
complejos (inconsciente personal) para captar el trasfondo arquetípico
(inconsciente colectivo).
De un modo rápido, para terminar,
señalaré que la psicoterapia es el centro de la actividad de Jung. Todas
sus investigaciones tienen por objetivo dotar a los individuos de
instrumentos para facilitarles la relación con su inconsciente. En
cuanto a la teoría de la relación analítica, su texto fundamental sobre
la transferencia sólo llegaría en 1946 (16, 12). Referente a la técnica,
además de considerar todas las tendencias de escuela útiles para los
diferentes individuos, recomienda la situación “cara a cara” entre
paciente y analista, para lograr la máxima simetría, y el uso de la
imaginación activa para sacar al paciente de la penosa dependencia
transferencial.
Madrid, Abril 2007
(Enrique Galán Santamaría, Teoría junguiana)