jueves, 23 de febrero de 2012

El Socio Silencioso en la Sincronicidad


LA REALIDAD, La Conciencia, Psicología, Sincronicidad



Presentamos en el post de hoy el último capítulo del artículo del terapeuta norteamericano Paul Levy titulado, “Catching the bug Synchronicity”, -Pillando la Sincronicidad del Escarabajo. Paul estuvo medicado durante años con un síndrome equivocado de maníaco-depresivo hasta que él mismo entendió lo que le pasaba después de tener varias experiencias trascendentales. Hoy en día se dedica a escribir libros, atender conferencias, a tratar a pacientes y a aconsejar a profesionales de la psiquiatría y de la psicología.
“Un arquetipo sincronísticamente manifestándose en el mundo exterior es un reflejo de que la misma condición está en proceso interno de realización. El exterior, sincronizándose materialmente en el proceso arquetipal interior es un vehículo a través del cual el proceso del arquetipo se actualiza al unísono y en el mismo espacio y tiempo, en el interior y en el exterior.
El espíritu que anima a la sincronicidad, si podemos de hablar de tales materias “inmateriales”, es el mismo que nos inspira en nuestros sueños nocturnos. El espíritu, el mencionado “unus mundus”, o el soñador, el Si Mismo, está soñando nuestros sueños por la noche y en nuestra vida durante el día. El unus mundus soñador, arregla las situaciones en nuestra vida; las microscópicas y las macroscópicas como una forma de sincronizarse que le induce a una mayor alineación con el campo abierto de las posibilidades, tal como nosotros nos refinamos y nos redefinimos día a día. Cuando nos damos cuenta de la naturaleza soñadora de la realidad, el universo se convierte continuamente en un oráculo al revelarnos a nosotros mismos nuestra propia naturaleza.
En una sincronicidad, toma lugar la conjunción de dos principios cósmicos, la psiquis y la materia, en un proceso de intercambio real de atributos. En esas situaciones la psiquis se comporta como si fuera material y la materia como si fuese una expresión de la psiquis. Las sincronicidades son emanaciones del matrimonio sagrado de la alquimia, donde los opuestos de espíritu y materia recíprocamente se informan tal como se unen en un abrazo fuera del tiempo.
En lugar de orientarnos a un solo lado, el espiritual excluyendo el material, o la materia excluyendo a la espiritualidad, Jung sintió que la tarea psicológica-espiritual de nuestro tiempo en la historia es vivir y encarnar la realización de la unidad del espíritu y la materia que los acontecimientos sincronísticos nos están revelando. En lugar del espíritu descender de los cielos, la guía el espíritu está emergiendo y alzándose desde la propia materia para que lo reconozcamos.
Subjetivamente, el fenómeno sincronístico nos evoca una sentimiento de que no estamos solos, que hay un socio silencioso que está compartiendo la vida con nosotros y que sueña lo que nosotros. Es como si hubiera una factor autónomo y profundo que arregla nuestras experiencias para que nos despertemos. Parte de la numinosidad del acontecimiento sincronístico es el sentido de encontrar “el otro completo”, sea dentro de nosotros mismos o fuera en el mundo exterior. Paradójicamente, a través de la sincronicidad nos conectamos a nosotros mismos a través de introducirnos en la otra parte, que nosotros no reconocemos como propia.
Reconocer la matriz sincronística que modela nuestras experiencias nos empodera para ser creativos, cooperativos y socios activos en el proceso de despertar. Cuanto más abiertos estamos a la sincronicidad, más veces nos ocurren ya que las sincronicidades son como símbolos en un sueño, y no están separados del soñador, que es el caso nuestro. En tanto en cuanto reconocemos la naturaleza soñadora de nuestro universo despierto así es como reconocemos nuestra vida como una sincronicidad. Una vez que estamos lúcidos en nuestro sueño y reconocemos que por naturaleza vivimos en un universo sincronístico, el universo no tiene más opción que amoldarse a nuestro estado reflejando nuestra realización en la manifestación propia de la sincronicidad.
Siendo ritos iniciatorios, las sincronicidades nos empoderan para ver la vida sincronísticamente. Ver a través de ojos sinronísticos no tiene nada que ver con recrear una interpretación fabricada sobre los acontecimientos que aparecen en el día a día. Ver sincronicidades es reconocer la web o madeja sincronística que subyace y está entramada a través de nuestra experiencia. Esto es análogo a estar dentro de un sueño y ser consciente del sueño y permitir que se manifieste con mayor profundidad. El cambiar la perspectiva de nuestro sueño no causó que el sueño desapareciera. Similarmente, vivimos en un universo sincronístico y al reconocerlo, le permitimos que se nos muestre a través de la propia sincronicidad.




Las sincronicidades son como “culturas” de otra dimensión que crean y enriquecen nuestra propia cultura. Como un escarabajo en el sistema, las sincronicidades son culturas que viralmente se propagan a través del campo de conciencia, lo que significa que son contagiosas. La conciencia sincronística, la conciencia que reconoce la naturaleza sincronística del universo y se ha vuelto lucida, es algo que podemos adquirir y reconocer unos en otros. Esta conciencia es una invocación y revelación de la “eterna presencia del acto único creativo” en el cual todos estamos inmersos y participando. La conciencia sincronística se actica y se reproduce dentro y fuera del campo, como auto-generadora de la naturaleza, la cual es lo mismo que decir que está naciendo al mundo a través de nuestra conciencia.
Como Jung, podemos ayudarnos a pillar la sincronicidad del “insecto”. Podemos cooperativamente cultivar una web de aliados quienes creativamente atrayendo esa preciosa joya que es la sincronicidad. El campo arquetipal se potencia enormemente cuando nos ponemos “en sincronía” con otras personas quienes también se están despertando al universo sincronístico. Un campo que está lubricado cuando se estimula y estabiliza la lucidez y cuando entramos en resonancia unos con otros y compartimos abriendo nuestros corazones a la conciencia sincronística. Embarcarnos en esta senda actica nuestro genio creativo a una cultura sonde no hay esfuerzo, ni tiempo, y no-local y viralmente transmite y se reitera fractalmente a través del tiempo y el espacio. Compartir acontecimientos sincronísticos magnéticamente atrae al universo hacia ese maravilloso proceso auto revelatorio”.
Image by Phil Thirkell, courtesy of Creative Commons license.
FUENTE:
Paul Levy en youtube

 

La Sincronicidad o la Declaración del Alma


Paradójicamente, las sincronicidades son una materialización viva sin mediación alguna de nuestra parte inconsciente mientras simultáneamente son una manifestación nuestra no localizada que requiere que nos abramos a una conciencia mayor. Siendo un símbolo genuino, las sincronicidades son una declaración del alma, ya que contienen una expresión y unión de los opuestos. Las sincronicidades son el alma en acción


ARQUETIPOS
Las sincronicidades ocurren cuando pasamos fuera de nuestra dimensión personal y accedemos a lo que se conoce como la dimensión arquetípica de la experiencia. Si nos embebemos e identificamos con la perspectiva persona-lística, person-alizamos nuestra experiencia imaginando que existimos como una persona aislada del espacio alrededor nuestro. Y así estamos hipnotizados dentro de un punto de vista particularizado que se envuelve en una vida aparentemente autónoma en sí misma, y crea un lazo retro-alimentativo, una profecía auto cumplida. El ser identificado con el punto fijo de referencia del ente separado limita nuestra libertad, atrapa nuestro poder creativo y entorpece nuestra compasión. En el punto que nosotros reconocemos nuestra naturaleza soñadora de la situación, salimos fuera del punto de vista person-alístico y reductivo basado en la causalidad lineal (por ejemplo, la perspectiva de la ilusión de la piel que encapsula al ego) y entramos dentro de una perspectiva más arquetípica en donde nos encontramos jugando papeles más eternos, míticos y divinos del drama encarnacional.
La sincronicidad del paciente de Jung reveló algo no solo sobre su proceso personal y interior sino una revelación de un proceso arquetípico profundo que existe en el inconsciente colectivo. La sincronicidad fue simultáneamente revelando una dinámica que es personal y colectiva al mismo tiempo, es en el momento de estar en el punto muerto que la profunda dinámica arquetípica dentro de la psique se activa y se expresa no-localmente a través de la sincronicidad permitiendo ver el canvas del aparentemente mundo externo, tanto como el mundo interior. Citando a Jung: “el paciente del escarabajo se encontraba en una situación imposible porque el tratamiento estaba en un punto muerto y parecía no haber una salida. Es este tipo de situación lo que constela en la mayoría de las veces al arquetipo.” Lo que es verdad individualmente es también verdad colectivamente cuando nosotros como especie nos encontramos en una situación imposible con un plan sin salida. Es este tipo de dilema lo que constela la sanación y el arquetipo revelador.
Aunque suene como una palabra sofisticada, un arquetipo es algo que experimentamos y sabemos íntimamente desde adentro. Un arquetipo es como un instinto psicológico o un campo informacional de influencia que modela nuestra psique, nuestra experiencia del mundo alrededor y como nos experimentamos. Jung llama a los arquetipos, “los modos típicos de aprensión”. Un arquetipo es como una rejilla subyacente o huella que in-forma y estructura como percibimos, interpretamos y respondemos a nuestra experiencia.
La dimensión personal conforma nuestra experiencia, mientras la dimensión arquetípica simboliza y sueña sobre nuestras experiencias con un acto altamente creativo. Los arquetipos son el factor que crea imágenes en la psique, informando y dando forma a las imágenes en la mente y los sueños de nuestra alma y como tal, insisten en transformarse imaginativamente.
Cuando un arquetipo se activa dentro de nosotros, se constela no-localmente hacia fuera en el campo que nos rodea. Conversamente, cuando un arquetipo es activado en el campo aparentemente fuera, simultáneamente constela y es una reflexión de la misma actividad arquetípica dentro de nosotros. Un campo de fuerzas magnético de un arquetipo activado ordena y organiza un campo entero para que sincrónicamente se auto-organice para encarnar “en forma” al arquetipo. El arquetipo es por tanto, in-form-acción pura. Los arquetipos no-locales ejercen su influencia in-formacional através de un medio super fluido y carente de fricción del inconsciente colectivo mismo. El ámbito arquetípico vaporiza los límites ilusorios -revelando el espíritu-, y construye puentes que median y conectan el interior con el exterior, el consiente con el inconsciente, el sueño y la vigilia.

Las sincronicidades ocurren en momentos de excitación arquetípica del campo, lo que es lo mismo que decir en momentos de crisis, de tránsito y de tensión creativa e intensidad dinámica. Los arquetipos que consiguen activarse por el campo se precipitan al exterior como una expresión sincronística del propio campo al que activan. Los periodos de disturbios de nuestro mundo son ambas una manifestación y un fuelle para un tipo específico de arquetipo de la mente colectiva de la humanidad para dibujarse todo aquello que sincronístacamente se necesita para hacerse visible en forma. Los momentos de estrés, ambos individual y colectivamente, catalizan una sanación mucho más profunda y auto-regulatoria en el proceso arquetipal para despertar dentro de la naturaleza de la psiquis humana que simultáneamente se expresa a través del universo.
Hay una correlación sincronística profunda e íntima entre lo que está pasando profundamente en la mente colectiva de la humanidad y lo que está en juego colectivamente en el escenario del mundo. Justo como en un sueño, lo que está inconsciente se sueña y se dibuja fuera un nuestra día a día. Lo que se despliega en el sueño de una persona es una reflexión de un proceso interno; similarmente lo que se sueña por los seis mil y medio millones de personas en el mundo es una reflexión del proceso interno que ocurre en la profunda mente colectiva de la humanidad.
Cuando un arquetipo sin forma de la mente colectiva está a punto de hacerse consciente y encarnarse, tiene una carga energética que se apodera de la gente, la pone en su camino y la fuerza a actuar para dar la forma concreta. Lo que no somos conscientes y no recordamos, lo sacamos fuera en el mundo.
Como el eje invisible subyacente del esqueleto de un cristal emergente, los arquetipos de la mente colectiva in-forman, modelan y estructuran al propio inconsciente. La dimensión interior arquetípica se revela influenciando y animando nuestro inconsciente, causándonos a actuar dentro y fuera y dar forma al ámbito arquetípico en el teatro del mundo. Y esto nos pasa individual y colectivamente en el escenario del mundo.
Los arquetipos pueden poseer a individuos y naciones. Los arquetipos deslumbran a la consciencia de tal forma que se ciegan en su propio punto de vista. Cuando un arquetipo asume el control de un persona, grupo o nación, se puede decir que son la encarnación o la revelación de la no forma, del arquetipo transpersonal en forma humana. Cuando un ámbito arquetipal encarna, algo de la dimensión eterna e imperecedera, se nos revela como si entráramos en el ámbito del tiempo y la encarnación. Las sincronicidades son revelaciones en la muesca del tiempo.
Lo que no recordamos, no asociamos a nosotros. Nuestro desmembramiento de la experiencia y dis-asociación nos polariza y empodera un reparto proporcional a la proyección fuera de nosotros y la expresión que nos lleva a actuar fuera, en el mundo exterior. Nos convertiremos en esa parte separada e inconscientemente actuaremos fuera en el mundo o lo proyectaremos fuera como un sueño donde lo exterior forma una parte indisoluble con nuestro interior. Es otro forma de decir que el universo consciente es una función de nuestra Conciencia o falta de ella.


PSICOLOGIA ANALITICA: El Socio Silencioso en la Sincronicidad

PSICOLOGIA ANALITICA: El Socio Silencioso en la Sincronicidad: by Marisa on Dic.16, 2011, under LA REALIDAD , La Conciencia , Psicología , Sincronicidad Presentamos en el post de hoy el ú...

sábado, 11 de febrero de 2012

PSICOLOGIA ANALITICA: CARL GUSTAV JUNG Y SABINA SPIELREIN. AMOR Y ETICA

PSICOLOGIA ANALITICA: CARL GUSTAV JUNG Y SABINA SPIELREIN. AMOR Y ETICA: Hace ya algún tiempo que me interesa la figura de Sabina Spielrein y su relación con C. G. Jung. Existen escritas obras de teatro como "...

CARL GUSTAV JUNG Y SABINA SPIELREIN. AMOR Y ETICA



Hace ya algún tiempo que me interesa la figura de Sabina Spielrein y su relación con C. G. Jung. Existen escritas obras de teatro como "Blue Room" en Broadway, y "The Talking Cure" en Londres, sobre ella, así como libros, ensayos (ver bibliografía) y películas que ilustran, a su manera, la relación entre ambos; entre ellos, los filmes "The Soul's keeper" (Prendi la mia anima), del director italiano Roberto Faenza, y "Yo fui Sabine Spielrein" de Elizabeth Márton. Por último, como próximo y cercano estreno, se avecina el film de David Cronenberg “The talking cure” en el que trabajan entre otros, Vigo Mortensen, de El Señor de los Anillos y Keira Knightley, de Piratas del Caribe. La figura de Sabina es importante, no ya por lo circunstancialmente anecdótico, sino por haber sido una precursora de la divulgación de la Psicología Profunda, a la par que una mente tan brillante como olvidada. Este texto es mi manera de rendir homenaje a la mujer y al ánima, al mismo tiempo que plantear algunas problemáticas derivadas de la práctica psicoterapéutica en función de la propedéutica del psicoanalista y del psicólogo.

            Sabine Spielrein -Sabina Nicolaievna Spielrein- nace el 25 de octubre de 1885, bajo el signo de Escorpio con probable ascendente Sagitario, en la ciudad de Rostov, Rusia, la llamada puerta al Cáucaso, a orillas del río Don, dentro del el seno de una familia judía de clase media alta. Es hija de un comerciante y una odontóloga que, sin embargo, no ejercía su profesión, dedicándose a las labores del hogar.

Sabina, la mayor de los cinco hijos del matrimonio, era una niña, inquieta y curiosa a la que le preocupaban muchos temas, entre ellos, los americanos. Así lo escribió en uno de sus primeros diarios: "Como la tierra es una bola, debían caminar por debajo de nosotros con la cabeza hacia abajo y las piernas hacia arriba". No fue extraño entonces que durante mucho tiempo Sabina estuviera cavando laboriosamente un hoyo en la tierra y preguntándole a su madre si faltaba mucho para atravesarla y sacar a un americano por las piernas.

Algunos informes de sus primeros años la describen como una niña difícil, que con frecuencia debía ser castigada, con un interés sexual precoz y para nada reprimido al que se le agregaban desbordantes dosis de imaginación e inteligencia. A los cuatro años ya presentaba algunos síntomas traumáticos; por aquella época, acostumbraba a retener –a veces durante casi dos semanas- sus deposiciones, clausurando en ocasiones el ano con su talón.

Mientras estos episodios se repetían, por orden expresa del padre se hablaba en determinados días de la semana, solamente francés, alemán o alguna otra lengua extranjera; quien no cumplía con la consigna era castigado con rigor. Los golpes eran moneda corriente en casa de los Spielrein, a veces los daba el padre y otras obligaba a sus hijos a que se castigaran entre ellos.

Las nalgas desnudas recibían golpes aleccionadores ante la mirada de todos. Años después y
durante una sesión con Jung, Sabina recordará las suyas, exhibidas y afiebradas, cuando tenía once años. Fue otra paliza la que dejó también una huella indeleble; esta vez uno de sus hermanos estaba desnudo y mientras recibía la paliza paterna, Sabina lo miraba y no dejaba de pensar en que había defecado en la mano de su padre. Con el tiempo, la defecación le cedió el paso a la masturbación compulsiva, manifestando además ideas obsesivas de índole sexual asociadas con la violencia, los castigos corporales y la comida –en algunos momentos dejó de comer en público. Para Sabina, un elemento central del castigo era que su padre era un hombre y cuando ese hombre pegaba, ella no podía dejar de masturbarse. En la adolescencia su estado desmejoró notoriamente y comenzó a experimentar constantes cambios de humor, pasaba de la risa al llanto, planeaba auto castigos, como aquella vez en la que se encerró en el sótano después de haberse regado con agua fría en pleno invierno, quería morir y lograr que esa muerte sea una verdadera tortura para sus padres. En otoño de 1901, luego de un viaje curativo en el verano, su hermana Emilia contrae tifus y muere: "Más tarde me alejé de todo el mundo; fue aproximadamente en el sexto curso, después de la muerte de mi hermana pequeña; ahí comenzó mi enfermedad. Escapé a la soledad". La patología más seria que presentaba, era sentir excitación sexual al ser castigada.

            El 17 de Agosto de 1904, la situación se precipita y la joven de diez y nueve años es internada en Burghölzi. El informe -parcial- del ingreso de Sabine al hospital Burghölzi  dice lo siguiente:

“17 de agosto de 1904. 
Anoche a las 10.30 ingresa paciente, acompañada por un tío. La paciente, llora, ríe de manera convulsiva y extraña. Presenta tic, gira la cabeza con movimientos rotatorios, saca la lengua, estira las piernas, dice no estar loca, sólo molesta ya que en el hotel no soportaba el ruido ni a la gente. Diagnóstico, histeria.”


            A un joven médico de guardia de 29 años, que se desempeñaba en el Hospital desde el 1º de Diciembre de 1900, le tocó hacerse cargo del caso de Sabine; su nombre era Carl Gustav Jung.
 
El curioso incidente del paraguas

Jung inició con Sabine un tratamiento psicoanalítico que fue, por lo demás sumamente exitoso, pero siempre omitió el hecho que Sabine, se había enamorado de él. Sin embargo, en su autobiografía "Recuerdo Sueños, Pensamientos" (Seix Barral), Págs. 149-150  Jung escribe lo siguiente:

"Recuerdo muy bien el caso de una joven judía que había perdido la fe. Comenzó con un sueño que tuve donde se me presentaba una muchacha desconocida. Me expuso su caso y mientras hablaba pensé: no comprendo nada de lo que ella me dice ¡No comprendo de que se trata! Pero, de repente comprendí que ella tenía un extraño complejo paterno. Tal fue el sueño.

Al día siguiente en mi agenda constaba: consulta, a las cuatro. Apareció una muchacha.
Una judía, hija de un rico banquero, elegante bonita y muy inteligente. Se había sometido ya a un análisis, pero el médico se sintió atraído por ella y le rogó finalmente que no le visitara más, de lo contrario, peligraba su matrimonio." 


Jung, prosigue con estos recuerdos:

"La noche siguiente tuve otro sueño. En mi casa se daba una fiesta y he aquí que la muchacha estaba también presente. Vino hacia mí y me preguntó: ¿Tiene usted paraguas? ¡Llueve tanto!
Encontré efectivamente un paraguas, lo hice girar para abrirlo y quise dárselo. ¿Pero qué sucedió en lugar de esto? Se lo entregué de rodillas como si fuera una divinidad".


Volviendo a la noche de la internación, Sabina ingresó como paciente con 47 kilos de peso. La decisión inicial de Jung fue darle de comer, lo cual presumiblemente, hizo él mismo. Esa noche bautizó el encuentro entre C. G. Jung y Sabina Spielrein.

En las primeras notas de la historia clínica, Jung describió así a la familia de su nueva paciente: "su padre: nervioso, agotado, neurasténico, irascible a más no poder. La madre es ¡histérica!, nerviosa (al igual que la paciente), el primer hermano tiene llantos histéricos, el segundo padece tics y es iracundo y el más joven sufre, es histérico y comete injusticias para sufrir". La relación de los padres con sus hijos aparece en la historia clínica como "tumultuosa" y "sadomasoquista".

Durante los nueve meses en los que estuvo internada, la evolución de Sabina tuvo altibajos; era agresiva, dejaba de hablar, solía cambiar bruscamente de humor y empeoraba cuando recibía noticias familiares, pero también empeoraba cuando, por algún motivo personal, Jung se ausentaba. El diagnóstico siempre fue el mismo: histeria. Jung ubicó los síntomas desde la primera infancia y señaló incluso que en la primera entrevista y en plena crisis de convulsiones, se destacaban "miradas seductoras".

Voy a detenerme en este punto para tratar de recapitular y organizar mis propias ideas. Es un hecho, del cual es muy fácil hablar a la distancia, que Sabina padecía, sin duda, de un cuadro histérico. Son fuertes y suficientes razones de peso, el núcleo familiar rígido y estricto, casi bizarro, en el cual vivía. Asimismo, es sabido que la Histeria posee, debido básicamente a lo que Jung posteriormente llamará “Hipertrofia del Yo”, rasgos seductores sumamente importantes, dado que trata de captar mediante ellos la atencionabilidad del medio ambiente, o, como diría J. Lacan de ejercer una “demanda de amor”, tal como el propio Jung consignara en la primera entrevista de su historia clínica. Su patología, la lleva incluso a un fuerte sentimiento de baja autoestima, traducido en pulsiones de tipo masoquista, que, posteriormente plasmará en sus escritos, pues es sabido que uno escribe siempre acerca de sus propias necesidades.

Sin embargo, estos son hechos parciales y hacen falta dos para un tango. Jung, relata esta seriada de sueños, que culminan en la entrega del bastón-mando-falo, en una actitud reverente que semeja al cuadro L’Acollade de Burton. En estos sueños sincronísticos, sin lugar a dudas, se preanuncia el inminente surgimiento de la relación pasional.

Es sabido el grado de importancia que el propio Jung adjudicaba a los sueños y como también podrían reconstruirse los hitos fundamentales de su vida, mediante los mismos. Efectivamente, fue un sueño el que le indicó la prosecución de sus estudios como médico y, también fue un sueño, el que le indicó la existencia del Inconsciente Colectivo. Es inadmisible, conociendo un tanto la psicología del personaje, que este no se hubiera dado cuenta o, que pasara esta seriada de sueños que culmina en el del paraguas, desapercibida.
Muy por el contrario, creo que el haberlos consignado en su autobiografía, escrita hacia el final de su vida, es un indicio revelador, porque a los 84 años, no se está ya en condiciones de ocultar nada, ni tampoco se tienen ganas.

Hay otro sueño que considero importante. Aldo Carotenutto menciona el siguiente sueño de Jung, que fue el primero que le envió a Freud, pues es sabido el intercambio onírico que ambos sostuvieron. Jung hace una muy buena interpretación del mismo. El sueño en cuestión es el siguiente:

Veía que unos caballos eran izados a una grandísima altura mediante cables, me llamó especialmente la atención que uno de ellos, un vigoroso caballo obscuro, estaba atado con correas de cuero y lo izaban como un paquete. En cierto momento la cuerda se rompe y el caballo se precipita sobre la calle. Debía de estar muerto pero repentinamente se puso de pie y se alejó galopando. Observé que el caballo arrastraba un pesado tronco y me maraville, de que, a pesar de ello se alejara a tanta velocidad. Era evidente que iba desbocado y que podría provocar alguna desgracia…

El propio Jung interpreta este sueño como un deseo sexual, pasionalmente desbocado, fuera de su situación matrimonial. Jung sabía o, al menos intuía lo que habría de pasar con Sabina, aún antes de conocerla. El ya estaba enamorado y fascinado por su propia ánima, la cual se encarnaría en Sabina.

            Jung coronó la expectativa del caso con un exitoso tratamiento; el propio Bleuler, su jefe en Burghölzi, le comenta al padre de Sabina en una carta que: "En la próxima primavera la señorita Spielrein ha decidido comenzar la carrera de Medicina en Zurich". Estaba formalmente curada.

Así fue; cuando Sabina recibió el alta y abandonó el hospital, comenzó a estudiar medicina en la Universidad de Zurich y continuó siendo paciente ambulatoria de Jung, La relación era cada vez más intensa. Jung se arrogó un papel paternal en la relación en varias ocasiones. Él, sin duda, fue el factor determinante del hecho de que Sabina se recibiera como médica y posteriormente ingresara como psicoterapeuta en el círculo freudiano. Como contracara, Sabina quería estudiar música y tenía una pasión por el piano, a la cual Jung se opuso, prohibiéndoselo, tal vez como un turbio recuerdo de una supuesta violación que el recibió por parte de su profesor de violín cuando era niño.

A esta altura del relato, seria ridículo pretender negar las implicancias sexuales de la relación.
 Es más que evidente que fueron amantes.

Sabina esconde su dolor en la intimidad de su diario: "Mi amor (...) me acarreó exclusivamente dolor; existieron tan sólo unos instantes en que descansé en tu pecho, en que podía olvidarlo todo".

Por su parte Jung escribe: "¡Mi querida! Me arrepiento de muchas cosas, me arrepiento de mi debilidad y maldigo el destino que me amenaza".


Algunas consideraciones acerca de la Ética del Psicólogo

Como dice Bruno Bettelheim, quien no alberga simpatía manifiesta por la figura de Jung: …“Sea cual fuere la opinión que uno pueda tener de la actitud de Jung hacia Spielrein, no se debe dejar de lado su consecuencia más importante: La curó del trastorno por el cual se la había dejado en sus manos”… De algún modo cumplió con la principal obligación que tiene un terapeuta hacia su paciente; curarlo.

La relación de Sabina con Jung, plantea el tema de la Ética profesional, la malapraxis, la iatrogénia y, en última instancia, el uso o abuso del transfert (la transferencia y la contra transferencia) entendidos dentro del ámbito específicamente psicoanalítico.

En un principio, suena bastante injusto pretender hacer de Jung un único culpable de haber tenido relaciones con una paciente, al margen de la consideración ética, que consideraré más adelante, sobre esta acción. Existen numerosos casos, entre figuras de renombre universal dentro del área de la Psicología Profunda, que eventualmente, también caerían dentro de la misma bolsa. Como ejemplo y sin pretender ser exhaustivo, Sandor Ferenczi con Gizella y Elma Palos; Georg Groddeck y Emmy von Voigt; Wilheim Stekel con Lou Andreas Salome y varias pacientes; Victor Tausk; Wilheim Reich; Otto Rank; Fritz Perls; Jacques Lacan y Catherine Millot  o el propio Sigmund Freud y su cuñada Minna… Este último caso, el del propio Freud, fue en su momento, un motivo de rispidez en la relación Freud- Jung.

Constituye un episodio poco sabido que, durante la travesía marítima que ambos realizaron para ir a Estados Unidos, con el fin de dictar algunas conferencias y recibir sendos doctorados Honoris Causae por la Clark University, tanto Jung como Freud estuvieron asiduamente analizándose el uno al otro. Este análisis, en el caso de Freud, llegó abruptamente a su fin, al negarse este a contar un sueño, en el cual estaba involucrada su cuñada, a Jung. La argumentación que Freud le dio a su colega fue textualmente que “temía perder su autoridad”. Posteriormente, Jung, ya anciano, recuerda en su autobiografía “Sueños, Recuerdos y Pensamientos este episodio y concluye con la frase siguiente “…Y, en ese momento la perdió”…”.

Durante el año de 1914, paralelamente a la Gran Guerra, Freud publica un texto sumamente interesante, como la gran mayoría de sus escritos. Me refiero al denominado “El Amor de Transferencia”. El intento de puesta en orden de esta problemática fue el tema principal de este trabajo freudiano, del cual citaré algunos párrafos:

“… Resumiendo: no tenemos derecho alguno a negar al enamoramiento que surge en el tratamiento analítico el carácter del auténtico.
Si nos parece tan poco normal, ello se debe principalmente a que también el enamoramiento corriente, ajeno a la cura analítica, recuerda más bien los fenómenos anímicos anormales que los normales.”

“De todos modos, aparece caracterizado por algunos rasgos que le aseguran una posición especial: 1º) Es provocado por la situación analítica. 2º) Queda intensificado por la resistencia dominante en tal situación; y 3º) Es menos prudente, más indiferente a sus consecuencias y más ciego en la estimación de la persona amada que otro cualquier enamoramiento normal. Pero no debemos tampoco olvidar que precisamente estos caracteres divergentes de lo normal constituyen el nódulo esencial de todo enamoramiento”

“… Para la conducta del médico resulta decisivo el primero de los tres caracteres indicados. Sabiendo que el enamoramiento de la paciente ha sido provocado por la iniciación del tratamiento analítico de la neurosis, tiene que considerarlo como el resultado inevitable de una situación médica, análogo a la desnudez del enfermo durante un reconocimiento o a su confesión de un secreto importante.
En consecuencia, le estará totalmente vedado extraer de él provecho personal alguno. La buena disposición de la paciente no invalida en absoluto este impedimento y echa sobre el médico toda la responsabilidad, pues éste sabe perfectamente que para la enferma no existía otro camino de llegar a la curación. Una vez vencidas todas las dificultades, suelen confesar las pacientes que al emprender la cura abrigaban ya la siguiente fantasía: "Si me porto bien, acabaré por obtener, como recompensa, el cariño del médico. Así, pues, los motivos éticos y los técnicos coinciden aquí para apartar al médico de corresponder al amor de la paciente. No cabe perder de vista que su fin es devolver a la enferma la libre disposición de su facultad de amar, coartada ahora por fijaciones infantiles, pero devolvérsela no para que la emplee en la cura, sino para que haga uso de ella más tarde, en la vida real, una vez terminado el tratamiento”

“Por otra parte, es harto penoso para el hombre rechazar un amor que se le ofrece, y de una mujer interesante que nos confiesa noblemente su amor, emana siempre, a pesar de la neurosis y la resistencia, un atractivo incomparable. La tentación no reside en el requerimiento puramente sensual de la paciente, que por sí solo quizá produjera un efecto negativo, haciendo preciso un esfuerzo de tolerante comprensión para ser disculpado como un fenómeno natural. Las otras tendencias femeninas, más delicadas, son quizá las que entrañan el peligro de hacer olvidar al médico la técnica y su labor profesional en favor de una bella aventura.”


De la lectura de este artículo de Freud, se desprende un hito normativo para el Psicoanálisis, que es acerca de la necesidad y la conveniencia de la derivación terapéutica, cuando el Transfert es tan grande que no puede ser subsanado.

Sin embargo, habría que plantear, a fin de precisar aún más el tema, que Freud se está refiriendo exclusivamente a su escuela, es decir el Psicoanálisis y que no todos los psicoterapeutas son psicoanalistas. Existen otras escuelas, en general más relacionadas con lo físico, la bioenergética, y la propia psicología analítica, que constituye la metodología de abordaje terapéutico jungiano, por ejemplo, que, por una cuestión de su propio encuadre, distinto al Psicoanálisis, pueden hacer tender a aflorar más los procesos transferenciales y contratransferenciales. En este punto, sería deseable que, las distintas orientaciones psicoterapéuticas, mediante sus organismos y asociaciones reconocidas, se pusieran de acuerdo acerca de si seguir los lineamientos trazados por Freud para el Psicoanálisis o no.

Otra cuestión a plantear es que, no solamente no todo profesional es psicoanalista sino, más aún, no es médico. Recordemos, que la Carrera y el Título de Psicólogo, no se encontraba incluidos dentro de ninguna currícula universitaria para los primeros tiempos del psicoanálisis, lo cual, llevó a Freud a escribir otro artículo, sumamente interesante acerca del denominado “Análisis silvestre”. Para esa época, grandes pioneros del movimiento psicoanalítico, de los cuales mencionaré a Otto Rank, se vieron, a pesar de sus profundos estudios y conocimientos en Filosofía, Historia, Antropología y Sociología, obligados a abrazar la carrera médica, para poder ingresar y/o continuar dentro de la escuela psicoanalítica. Así pues, se daban ciertas paradojas interesantes. Alfred Adler, uno de los tres padres de la Psicología Profunda, no tuvo mayores inconvenientes en participar del Psicoanálisis hasta la estrepitosa ruptura que se produjo entre el y Freud, dado su título de médico. Claro está que se trataba de una especialidad muy poco psicológica; la Oftalmología. Por el contrario, al ya mencionado caso de Rank, cuyo libro “ El mito del nacimiento del Héroe”, es imprescindible de ser leído para todo aquel que pretenda adentrarse en el conocimiento del Inconsciente, habría que sumarle el de la gran mayoría de mujeres psicoanalistas, desde Lou Andreas Salome, pasando por Helen Deutsch y la propia Sabina Speilrein, que eran literalmente marginadas, a juzgar por las actas de las denominadas “reuniones de los Miércoles”, en las épocas incipientes del Psicoanálisis.

Personalmente, considero que la posición freudiana al respecto resulta la más conveniente a adoptar, pero si consideramos que, como dice J. Lacan, “En última instancia el proceso terapéutico es una demanda de amor” en el caso de establecerse el denominado amor de transferencia o transferencial, y de resultar éste poco menos que inmanejable en la terapia, lo más conveniente, resulta, se trate de un profesional médico, psicólogo o no, una saludable derivación. Con posterioridad a ésta, sucederá lo que el destino indique que deba suceder y si se estableciese entonces una relación amorosa, deberá ésta correr por todas las vicisitudes buenas y malas que le estén deparadas, dejando ya de lado el tema de la antigua relación terapéutica tenida en algún momento. Como dice Nicolle Kress-Rosen en su libro” Tres Figuras de la Pasión”

“Nadie ignora lo que una pasión. No hay necesidad de acudir al diccionario para saber que se trata de una fuerza irresistible que puede arrastrar más allá de las semi tonalidades y de los términos medio de la cotidianeidad, pero también sumergir y destruir a quien está poseído por ella. El Amor- pasión; la locura celosa, la pasión del poder, son temas que siempre fascinaron porque atestiguan el hecho de que el hombre puede elevarse por encima de la mediocridad de su condición, a riesgo de pagar el precio de su sufrimiento o incluso, de su vida. Por ende es lícito sorprenderse de que el psicoanálisis no haya dicho nada sobre un tema tan universal y tan evidentemente alejado de la normalidad”.      

“Sería inútil buscar en Freud una definición del término “pasión”, aún menos un desarrollo teórico sobre la cuestión, es un tema que no encuentra su lugar en cuanto a tal en el transcurso de su elaboración y la palabra Leidenschaft (pasión), es utilizada en el muy infrecuentemente por otra parte en su sentido más común y jamás como un concepto analítico. Este
desinterés puede compararse con el que manifiesta evidentemente respecto de las psicosis”…

Otro punto que me resulta particularmente curioso, está dado por la relación existente entre la carrera de Psicología, al menos en la Argentina, y su vinculación con el Psicoanálisis. En nuestro país, y esta es una situación que persiste en nuestros días, la propia formación universitaria tiende a equiparar los términos; es decir, psicólogo como equivalente a psicoanalista, esto deriva a la fecha en un casi exclusivo ámbito cultural de formación, que está dado por la escuela freudiana y su complemento, superador si se quiere ver así, la escuela lacaniana. La realidad es que resulta difícil, sino imposible, para otras orientaciones psicológicas y, por supuesto otras áreas de la Psicología, que no sean la Clínica psicoanalítica, poder ser enseñadas en la Universidad de Buenos Aires y se produce de esta manera, una monolateralización de la educación, al mismo tiempo que una minusvalorización en el campo de acción del
Psicólogo como profesional. Si tenemos en cuenta que la enseñanza de la Universidad de Buenos Aires es rectora y modelo de la enseñanza privada en Argentina, el panorama se agrava más; la licenciatura y el doctorado en Psicología, equivaldrían al concepto de Psicoanalista (obviamente con orientación freudiana o lacaniana). La pregunta que surge sería la siguiente ¿Hasta qué punto el Psicólogo no freudiano, debería aceptar la regulación propedéutica propuesta por la APA –Asociación Psicoanalítica Internacional-? Asimismo, históricamente, desde la conformación de la carrera y los estudios de Psicología, tanto por su posición ideológica como por los componentes mayoritarios de su alumnado y profesorado, podríamos decir, sin equivocarnos, que se trata de un cuerpo social apreciablemente combativo y, a nivel ideológico, un agente de cambio. Si bien esto último es sumamente discutible, constituye una realidad que, durante periodos aciagos que sufrió nuestro país, la propia carrera de Psicología fue sumamente cuestionada y, al margen de los intentos por suprimirla, cuenta en su haber, un número más que respetable de víctimas de las sucesivas dictaduras que hemos padecido. La combatividad expuesta en su momento, la cual recuerdo perfectamente de mis tiempos de alumno, fue expuesta en sucesivas ocasiones y, en especial con respecto a la reglamentación del estatuto profesional del Psicólogo.

Me llama particularmente la atención que, a pesar del perfil del estudiante de Psicología, sus centros y vehículos de expresión, indudablemente como siempre se declamó, contrarios a la dependencia cultural, el Código Ético de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA), esté basado prácticamente en la versión de la American Psychological Association de U.S.A. Así pues, una carrera que debería estar al servicio de la no dependencia cultural, se maneja precisamente con los parámetros del país del cual precisamente, se pretende no depender ni económica ni culturalmente. Esto constituye para mí, la misma falacia que cuando se pretende hacer una psicología nacional, utilizando las evaluaciones psicométricas con baremos (escalas poblacionales) estandarizadas en EE.UU.

Sin embargo, en una toma de conciencia que responde más a la Sociología que a la Psicología, la APBA comprendió que la realidad norteamericana, tiene menos que ver con la libertad que preconizaba Walt Whitman en su “Canto a mí mismo” y mucho  más con la pacata moralina puritana, que, a pesar de los años, descendió y se instituyó en el Inconsciente Colectivo norteamericano, desde que Jacobo I, exilió en el Nuevo Mundo a los sectarios puritanos. Esta realidad estadounidense, visible para todo aquel que conozca realmente el país y no se deje llevar por los espejismos cinematográficos producidos en Hollywood, le dan al país del Norte, un matiz extremadamente conservador, que contrasta con la conquista y colonización sufrida en el cono sur. Como simple ejemplo, baste mencionar la mediática “felatio” surgida de la relación entre el ex presidente estadounidense Bill Clinton y Mónica Lewinsky, que, en su momento ocasionó un tremendo cortocircuito a nivel internacional y fue ampliamente censurado por el consenso de la población de Estados Unidos. Mientras tanto, en nuestro país existen sobradas pruebas, que no me interesa personalizar aquí, y que ocupan a  figuras del quehacer intelectual, deportivo y político acerca de que ese tipo de conducta, y que no sólo no significan un hecho punible, sino también, en algunos casos, pasa a ser hasta favorable.

Afortunadamente y sin duda para adecuar esta normativa importada del norte, la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, suprimió   el artículo que hace mención a la intimidad sexual con ex pacientes y lo aproxima al proyecto de código de conducta ética y profesional de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APDEBA), de octubre de 1994 que plantea que (…) le está vedado al psicoanalista mantener relaciones sexuales o simplemente sentimentales con sus pacientes mientras esté vigente la relación profesional. Con esto, volvemos a la primera observación, ya realizada, acerca de la limitación del papel del Psicólogo, la tendencia a que este salga de la Facultad convertido en un psicoanalista y, por ende, plantea el problema de aquellos profesionales que adhieren a otras escuelas de psicología, que se ven compelidos a aceptar códigos éticos y normativos no propios.

De cualquier manera, esta resolución constituye un tremendo adelanto, si tenemos en cuenta que, acorde a la American Psychological Association, en un abuso de conservadurismo puritano, considera que la relación profesional, en el caso del Transfert, no solo debe interrumpir el tratamiento, sino también que este tipo de relaciones no deberían darse antes de un plazo que fija en…dos años (!), como dice M. Fariña en su artículo         “(Hacer) el amor de transferencia. La involucración sexual entre terapeutas y pacientes, un siglo después.”

 “Tal divergencia entre la normativa americana y local ha sido explicada por las peculiaridades de la práctica terapéutica en Estados Unidos, donde de acuerdo a distintas investigaciones, la intimidad sexual con pacientes y ex pacientes constituye un problema mayor que en nuestro medio. Sin embargo no es seguro que esta será la verdadera razón”.

Vuelvo a Jung y Sabina con una alquímica frase de este que se me ocurre sumamente afortunada;

“El encuentro entre dos personalidades es como el contacto entre dos substancias químicas. Si hay alguna reacción, ambas serán transformadas...”

Creo, en última instancia, que tanto Jung como Sabina, se vieron envueltos en una trama sincronística, de la cual ambos, salieron transformados. Él, como terapeuta, pero más primariamente, como hombre, en tanto y en cuanto se entrega al amor con todo el riesgo que entraña, no sólo la carga del estatus social, sino y, en especial, con todo lo numinoso que significa vivenciar al arquetipo del ánima, ser literalmente poseído por ella. Sabina, por su parte, viviendo escindida, un amor a destiempo, imposible pero real, del cual nunca habría de apartarse y que, teleológicamente marcó su destino. Como sea, juntos Sabina y Jung, han dejado una de las mas bellas historias de amor jamás contada y eso es mas que suficiente.

En Zurich y Viena circulan rumores acerca de la vida amorosa de Jung, que aseguraban que iba a abandonar a su mujer para casarse con una paciente. En 1909 cuando la relación se hizo pública, ella dejó de ser su paciente y él presentó su renuncia en el hospital Burghölzi. Sin embargo, aunque epistolarmente, la relación se prolongaría una vez más. A pesar de todas sus dificultades, Sabina recuperó la salud emocional, e ingresó a la Universidad de Zurich a estudiar medicina, recibiendo posteriormente su titulo de médico. Un tiempo después, se especializó en psicoanálisis y trabajó con el mismo Freud. Su tesis, "Sobre el contenido psicológico de un caso de esquizofrenia" (1911), supervisada por el propio Jung, fue la primera en la que esta enfermedad se designa de acuerdo a los términos acuñados por Bleuler,  y su artículo: "La destrucción en tanto que factor del devenir" (1912) que es su continuación, demuestran cómo en Zurich ya se utilizaba la teoría psicoanalítica, tal como era entonces formulada, y trata sobre el estudio de la Dementia Praecox, de Kraepelin.

Estos estudios sobre la esquizofrenia son, además, el origen de la teoría de la dualidad de los instintos de vida y de muerte retomada por Freud diez años más tarde. Sabina Spielrein en el mismo año 1911, también publicó un artículo sobre la teoría de Eros y Tanatos. El instinto de la vida y de la muerte. Por aquel entonces, Freud leyó el ensayo de la joven médica e indulgentemente opinó que estaba "bien estructurado". Años después, Freud, presentaría su teoría sobre la dualidad en las atracciones, pero jamás mencionó el trabajo dado a conocer en 1911 de autoría de Sabine Spielrein. Sabina se anticipó casi una década a la hipótesis de Freud sobre Eros y Tanatos. 

Sabina  fue la primera musa inspiradora de Jung, posteriormente lo seria Antonia Wolff. De ella, y de la relación íntima entre ellos, deviene no solo la teoría junguiana del ánima y el ánimus, sino también el substrato de lo que conformaria posteriormente el concepto de  “Sombra”. En 1923, Freud, después de 23 años de que ella estuviera radicada en Alemania, aconseja a Sabina abandonar el país, consejo que ella acató, regresando a Rusia. Ya en su país de origen, se casa con un médico veterinario de su misma nacionalidad, Pavel Scheftel. Spielrein tuvo con él dos hijas; Renata y Eva.
La joven psiquiatra vivió un año y medio en Moscú, luego retornó a Rostov, donde ejerció su profesión de médico y fue docente en la universidad. Sabina Spielrein llegó a ser una importante psiquiatra, la primera psicoanalista dedicada a tratar neurosis infanto-juveniles y la fundadora del psicoanálisis en Rusia. Pavel, eventualmente, regresa a Rusia, mientras que Spielrein se traslada a Ginebra como psicoanalista. Allí, trabajó estrechamente al mismo tiempo que analizó a Jean Piaget.

Posteriormente Sabina regresa a Rusia y se convierte en la mentora de Vygotski y Luria. De acuerdo con Kerr (1993), "El listado de los diez mayores psicólogos de este siglo es una cuestión de moda y gusto, pero en cualquier lista cinco nombres inevitablemente aparecerían: Freud, Jung, Piaget, Luria y Vygotsky. Sabina conoció a todos y cada uno de ellos. Tanto Jung, como Freud, Piaget, y Vygotski se beneficiaron de las ideas de Sabina Spielrein.

Algunas contribuciones de Sabina al Psicoanálisis

Los primeros tiempos del psicoanálisis se nutrieron de una gran cantidad de ideas aportadas por los primeros miembros, tanto de la Asociación Psicoanalítica como de las Reuniones de los Miércoles. El propio Jung aportó su conceptualización acerca de los complejos, tan importante como desvirtuada, al Psicoanálisis. Sabina Spielrein fue la primera analista mujer en ingresar al círculo de honor freudiano; lo hizo de la mano de su terapeuta, C. G. Jung y a despecho de algunos que, víctimas de un machismo exacerbado de la época, manifestaban una especie de ginecofobia intelectual. Así le sucedió, por ejemplo al posteriormente malogrado Víctor Tausk, que planteó las reticencias del caso, aludiendo que, la mayoría de las médicas, según el había podido comprobar eran lesbianas (…) Cabe acotar que mas adelante, el propio Tausk, según relata Roazen en su libro “Hermano animal”, se suicida, disparándose un balazo en la sien y, simultáneamente ahorcándose con una soga al caer de una silla.

¿Cuáles fueron entonces los aportes que Sabina Spielrein realizó al psicoanálisis?

Afortunadamente, se está realizando una impresión de la totalidad de su fragmentada obra y, seguramente, esto arrojará mayor luz, sobre su ponderación como psicoanalista, sin embargo, por lo que pude apreciar hasta ahora, no cabe duda de que su teoria acerca de la destructividad y la sexualidad a nivel genital, antecedieron las posteriores teorizaciones al respecto del propio S. Freud, quien la menciona en su trabajo Mas allá del principio del placer (1920). La pulsión fanática o de muerte, es preanunciada por Sabina. La idea principal es que la destructividad en sus diversas formas constituye una parte intrínseca del proceso creativo. Sabina Spielrein desarrolló este concepto en 1912, en un artículo fundamental titulado: "La destrucción como causa del devenir del ser". Su escrito aparecía ocho años antes de que Freud formulara, como mencioné, el concepto de pulsión de muerte (Thanatos), partiendo de ejemplos tomados a su vez de la biología y la mitología. El artículo de Spielrein ubica la destructividad en el centro, no sólo de la psicopatología, sino del desarrollo de la personalidad. Según Spielrein, la destructividad no se alimenta del odio al buen objeto y del deseo de atacarlo y de destruirlo, tal como lo describió M. Klein (1935), sino más bien del deseo de destruir algo que no satisface, a fin de dar vida a algo que sí satisface (Kerr, 1993). La destructividad, de acuerdo a Spielrein, está muy cerca de la crueldad de la cual ha hablado Winnicott (1969), una destructividad necesaria que permite el surgimiento de algo nuevo, esto se asemeja en mucho a dos arquetipos post junguianos ideados por Carrol Pearson (el Constructor y el Destructor) en El héroe interior y despertando los heroes interiores.

La violencia aludida por Spielrein está motivada por el amor al objeto, por el deseo de que tenga una vida mejor, una vida verdadera e independiente. Por lo tanto, si bien el centro de este escrito es la destructividad, no debemos olvidarnos del amor que aparece como sustrato; es amor lo que se expresa a través de aquello que llamamos belleza  Podríamos recordar nuevamente el importante artículo de Sabina Spielrein "La destrucción como causa generativa del ser" (1912) donde paradójicamente, la destructividad es considerada como una parte intrínseca de toda creación. Sería fundamental aquí marcar la diferencia entre aquella destructividad cuyo objetivo es dañar y aniquilar y esa destructividad cuyo objetivo es crear la posibilidad de una nueva vida. El primer tipo de destructividad, está más relacionado a ataques de envidia. En cuanto al segundo tipo de destructividad, quizá el término que mejor exprese la noción de Spielrein de destructividad, sea "crueldad". Esta crueldad tiene lugar en el centro del proceso creativo; en él la destrucción se lleva a cabo al servicio del desarrollo. Esta sería la destructividad aludida por Speilrein, ella señala el hecho de que muchas formas inferiores de vida, por ejemplo la mosca de mayo, pierden su vida para dar paso a una vida nueva. Spielrein intenta proyectar sus propios objetos restaurados, tanto como su capacidad de soportar el dolor depresivo.

Jean Piaget

De acuerdo a Santiago-Delefoss y Delefoss (2002), "Spielrein fue una de los primeros psicoanalistas que mostraban interés en lenguaje infantil. Ella fue psicoanalista de Piaget en 1920. En 1923, ella presentó una ponencia en el Congreso de psicoanálisis en Berlín, donde también asistió Piaget "(p. 723). Fue durante este tiempo que Piaget investigó también el lenguaje del niño relacionado con el pensamiento (Piaget, 1923). Es interesante observar que Spielrein regresó a Rusia en 1923, alrededor de la época que la investigación y los escritos de Piaget se trasladaron del lenguaje al desarrollo moral. Hay pocas dudas de que Spielrein ayudó a formar el punto de vista de Piaget sobre el lenguaje del niño y el pensamiento (Santiago-Delefoss & Delefoss, 2002).

Lev Vygotski

En 1923, después de su regreso a Rusia, Spielrein se unió a la sociedad psicoanalítica rusa, "que había sido creada recientemente por Luria y de la que Vygotsky también fue un miembro" (Santiago-Delfoss & Delefoss, 2002, p. 723). Vygotski y Luria fueron influenciados por la investigación de Spielrein sobre el lenguaje del niño, y muchos de sus escritos en relación con el lenguaje infantil coinciden con el regreso de Spielrein a Rusia. Parece ser que ambos, Piaget y Vygotsky, fueron influenciados por su trabajo pionero, cada uno de ellos en formas únicas. Su trabajo, por tanto, puede ser el "eslabón perdido" entre Piaget y Vygotsky, contribuyendo así a una mejor comprensión de esas cuestiones epistemológicas participantes en los debates de los autores sobre el lenguaje infantil, el pensamiento y la socialización. Ninguno de los dos autores reconoció su deuda a Spielrein. (p.723)

A pesar de que muchos educadores y psicólogos están íntimamente familiarizados con las obras de Jung, Freud, Piaget, y Vygotsky, este no es el caso en lo que concierne a las contribuciones de Sabina Speilrein. Con escasa duda, con base en la evidencia presentada, Spielrein tuvo influencia en los trabajos profesionales de Jung y Freud, particularmente con sus conclusiones relacionadas con la histeria. Más aún, en otra área de investigación, las teorías de Spielrein acerca del lenguaje y pensamiento fueron previas a los Piaget y Vygotsky. Y nuevamente…ninguno le dio crédito a su influencia.


Aún quedaba para ella lo peor; una sucesión de fusilamientos familiares, la persecución y la muerte. Entre el 11 y el 14 de agosto de 1942, Sabina y sus dos hijas fueron perseguidas, delatadas por unos vecinos y capturadas. Allí, junto a otros ciudadanos judíos, fueron asesinadas por el comando 10º de las SS en el interior de una sinagoga. El maltrato paterno, las correspondencias cruzadas que involucraron a colegas y familiares (la madre de Sabina conocía los pormenores de la relación clandestina de su hija) y el holocausto, delimitaron el marco por el que apenas pudo moverse Sabina Spielrein. Sin embargo, nunca dejó de escribir y nunca se quedó quieta.

Cada uno de los trabajos que publicó son textos colonizadores; en "La hembra débil" (1920) analiza el gusto de las niñas por ser niños, mientras que los varones persisten en su prioridad masculina. En "El origen de las palabras ‘papá’ y ‘mamá’. Algunas consideraciones sobre diferentes estadios del desarrollo lingüístico" (1922) señalaba, en contra de la idea de Freud de defender el autismo primario del lactante, una "necesidad primaria de contacto y comunicación con el niño".



Conclusiones finales

Como Psicólogo Clínico y, en especial por mi orientación jungiana, le haría un magro favor a C. G. Jung precisamente, adoptando una actitud hipócrita o negadora.
Creo que, la reconstrucción de los hechos y lo expuesto en este trabajo, si bien  parcial, es lo suficientemente esclarecedora per se y constituye una realidad que Jung mantuvo con Sabina una relación amorosa y más aún…apasionada.

Mi difunto colega, Aldo Carotenutto, en su libro” Sabina Spieilrein, una perfecta simetría entre Freud y Jung” se esforzó en negar esta posibilidad que yo, con toda sinceridad no comparto. Es correcto que, desde el código ético psicoanalitico esta es una situación no extrema, agravada o inusual pero de cualquier manera punible.

No obstante, también he tratado de exponer las situaciones especiales que rodearon el caso, que, convengamos, de no haberse tratado de la figura de C .G. Jung, hubiera caído en el más absoluto olvido. Esta pasión, surgida de la Sombra, nos muestra una dimensión humana, demasiado humana en él.
Así como Orfeo produce una catábasis (descenso al infierno) para rescatar a Eurídice, su amada de la muerte, Jung se contactó con aspectos de su propia sombra en su afán de curar a su paciente y sacarla de su propio infierno personal, cosa que ningún otro profesional había o hubiera logrado. Pero es cierto que, cuando uno se contacta con lo numinoso, con los demonios que también pueblan esa sombra, es inevitable que quede marcado por ellos... Se cumple inexorablemente la vieja sentencia Ten cuidado cuando miras al fondo de un pozo, pues también te pueden estar mirando…

Es cierto. La curó ¿Pero a qué precio? ¿Existe un precio? De esta relación, sin duda alguna, los dos, salieron transformados y para bien. Y eso considero es lo más importante, siguiendo el Primum non gnoscere.

Jung abandonó de una vez por todas, la mentalidad cerrada y conservadora del campesino suizo, preconizada por el puritanismo de Bleuler y se contactó con todas las potencialidades de su Sombra entendiendo al ánima y su encarnación en la Pistis Sofia. Sabina llegó a ser, como se demostró, una excelente y original profesional, con la cual la psicología, en general, y la Psicología Profunda, en particular, tiene una deuda  que deberá comenzar a reconocer. Asesinada por una furia irracional, absurda y perteneciente a la Sombra colectiva de la Humanidad, como fue el Nazismo. Nuestra tarea debería incluir también redescubrir sus logros y sus propuestas renovadoras.

En relación a la ética con la cual se manejaron ambos, concluyo que en última instancia, como genialmente refiere  Friedrich Wilhelm Nietzsche:


…Lo que se hace por amor siempre acontece más allá del bien y del mal…




viernes, 10 de febrero de 2012

PSICOANALISIS: El libro rojo de Jung. Claves para la comprension ...

PSICOANALISIS: El libro rojo de Jung. Claves para la comprension ...: El lector tiene en sus manos una obra que parece intentar una labor imposible. El libro rojo es, en efecto, una obra inexplicable pues no p...

PSICOLOGIA ANALITICA: El libro rojo de Jung. Claves para la comprension ...

PSICOLOGIA ANALITICA: El libro rojo de Jung. Claves para la comprension ...: El lector tiene en sus manos una obra que parece intentar una labor imposible. El libro rojo es, en efecto, una obra inexplicable pues no...

El libro rojo de Jung. Claves para la comprension de una obra inexplicable.


El lector tiene en sus manos una obra que parece intentar una labor imposible. El
libro rojo es, en efecto, una obra inexplicable pues no puede ser abordada con los
criterios y recursos habituales de análisis.
Cuando me ocupé de la edición de El libro rojo en castellano, junto con un esmerado
equipo de traductores, me encontré con una obra extraordinaria, serpentina
e inasible. Si bien algunas de las situaciones e imágenes me eran conocidas y pude
reconocer de inmediato numerosas ideas y símbolos que aparecen en la obra teórica
de Carl G. Jung, el texto en su conjunto se me presentó como un insondable cosmos
en estado de formación. A partir de allí, las inevitables dificultades de traducción
pasaron a un segundo plano, pues la tarea principal consistió en comprender la
obra, sin reducir su misterio. Sentí que me encontraba con algo inusual para nuestro
tiempo, con un verdadero mito. ¿Cómo habrán sido en el remoto pasado las primeras
lecturas o audiciones de los mitos recién revelados?
El libro rojo —como toda la obra de Jung— señala que el hombre debe aceptar
sus experiencias, pero a la vez debe evitar identificarse con ellas. El libro rojo es,
como tal, un símbolo del Pleroma que reúne todos los opuestos, esa ‘nada plena’ a
la que es menester tener a la vista, sin dejarse atrapar por ella. El libro rojo es —en
este sentido— un desafío, porque cuando se ingresa en él con fervor, es factible des
lizarse sin saber qué terreno se está pisando y adónde se está yendo. En más de una
ocasión recordé el célebre cuento de Jorge Luis Borges, “El libro de arena”, donde
aparece un libro sagrado y monstruoso que no puede releerse pues cada página está
a una distancia infinita de la otra. En algún momento sentí que en El libro rojo cada
idea o símbolo estaba entre sí a una distancia infinita, pero luego comprendí que de
eso se trataba, de aceptar ese enigma.
Así, el mismo libro fue brindando algunas claves de comprensión que intenté
contextualizar a la luz de la obra de Jung y de sus fuentes. De esta labor que llevó
muchas vigilias del año 2010 y que se nutrió del estudio y la indagación realizados
durante tres décadas, fue decantando
El libro rojo de Jung. Claves para la comprension
de una obra inexplicable.
Por cierto, no puedo dejar de señalar algunas de las ideas centrales que confirmaron
mi modo de comprender la cosmovisión junguiana. Por ahora me limito a tres:
1. El opus junguiano excede el marco de una psicología empírica científica y es una
fenomenología de la experiencia (humana). Esto significa que la teoría psicológica
es, en sentido estricto, solo un aspecto parcial de toda la demarche junguiana.
2. La obra junguiana es, en última instancia, ‘apocalíptica’ pues anticipa la imago
dei que se gesta en el alma humana y que constituye la profundidad orientadora
de la época.
3. La alquimia constituye la clave hermenéutica fundamental de la obra junguiana
a partir de la década del treinta; es la tradición que da cuenta del simbolismo
que debe ser asumido en ese movimiento apocalíptico.1
Por cierto, nuestra obra no pretende ser exhaustiva, ni mucho menos reemplazar
la lectura de El libro rojo. Por el contrario, aspira a ser una modesta compañera
que el lector podrá olvidar cuando sea capaz de seguir los dictados de su propia
profundidad.
Tanto la realización de esta obra como la edición de El libro rojo en castellano es el
resultado del esfuerzo y la colaboración de muchas personas.

En relación con El libro rojo, quiero agradecer al equipo de traductores constituido
por Valentín Romero y Romina Scheuschner, bajo la experta dirección de Laura
Carugati, por facilitar mi labor de supervisión general y por aceptar con la mejor
disposición las múltiples y reiteradas revisiones que impuso una obra tan exigente.
La versión castellana del Liber Novus sale hoy a la luz como un hito fundamental
de una larga serie de obras de Jung publicadas en nuestra lengua. Los primeros
textos traducidos al español fueron artículos publicados a partir de 1925 en Revista
de Occidente, en Madrid. Es significativo que la primera traducción al castellano de
un libro de Jung, probablemente haya sido realizada para la Editorial Sur de Buenos
Aires por el chileno-español Ramón de la Serna y Espina —que no debe ser confundido
con Ramón Gómez de la Serna— por indicación de la escritora argentina
Victoria Ocampo. Jung escribió, en 1934, un Preámbulo a esta traducción, pero el
libro salió a la luz recién en 1936. Por ello, en sentido estricto, la primera edición
de un libro de Jung fue La psique y sus problemas actuales, Madrid y Buenos Aires,
Poblet, 1935. A partir de la Guerra Civil —y hasta la década del sesenta— diversas
editoriales argentinas, mexicanas y venezolanas llevaron a cabo traducciones, no
siempre adecuadas, de varias obras de Jung. A partir de la publicación de la Obra
Completa en inglés y en alemán —iniciadas, respectivamente, en 1953 y en 1958— se
fijaron las versiones originales definitivas de los respectivos trabajos, pero las sucesivas
publicaciones españolas de Jung no siempre se remitieron a éstas. No obstante,
aún no contamos con una edición crítica de la Obra Completa en alemán y, por otra
parte, hay todavía numerosos trabajos inéditos. Celebramos que la Philemon Foundation
se haya propuesto la ímproba tarea de subsanar esta falencia al comenzar
con la edición del Liber Novus. Pero el atraso de la literatura junguiana en español
hubiera sido mayor si no fuera porque, a fines de la década del noventa, cuando solo
se había publicado de modo disgregado menos de un tercio de la Obra Completa en
español, la Editorial Trotta de Madrid encaró la edición de la Obra Completa bajo el
cuidado de la Fundación Carl Gustav Jung de España, creada con ese propósito, en
1993. Es mérito personal de Enrique Galán Santamaría —en aquel entonces, titular
de la Fundación— que esas nuevas ediciones permitieran asentar un vocabulario
junguiano en nuestra lengua, se publicaran todas las ilustraciones y se tradujeran los
originales en otras lenguas modernas y clásicas. Es de desear que esta encomiable
empresa, aún inacabada y en la que pudimos participar en su oportunidad, pueda
continuarse con el rigor que intentó imprimirle su mentor. Asimismo, será de gran
provecho para los estudios junguianos que los investigadores de su obra tengan en
cuenta el vocabulario técnico que surge de las buenas ediciones en nuestra lengua,
pues no pocas imprecisiones se han producido, particularmente por la utilización
de anglicismos. Y esto cobra hoy mayor vigencia dado que el Liber Novus pone en
perspectiva la demarche junguiana pues reclama una nueva revisión de toda la obra
de Jung y de sus fuentes.
Quiero agradecer, asimismo, al espacio de la Fundación Vocación Humana y de
su Instituto de Investigaciones Junguianas en donde cultivamos el estudio de Jung y
de sus fuentes, así como a quienes como Alejandro Azzano, José María Bocelli, Sandra
Hatton, Lucila Luis, Teresa Mira, Alex Nante, Mariano Nante, Sylvie Nante, María
Ormaechea, Alicia Rodríguez, Pablo Tizón, Andrea Trejo, Romina Scheuschner,
José Villar se sumaron a este proyecto desinteresadamente, movidos por su anhelo
por el saber. En ese mismo contexto, una mención particular merece la incondicional
ayuda de la infatigable Elvira D’ Angelo y el aporte de Valentín Romero que,
además de revisar esta obra, ayudó en la elaboración de la cronología y del índice
onomástico y temático, instrumentos útiles para el lector.
Por cierto, agradecemos a Francisco García Bazán, Victoria Cirlot, Paula Savon y
Antonio Tursi por sus valiosísimos aportes y consejos referidos a las áreas respectivas
de su saber y a Silvia Tarragó y Enrique Galán Santamaría, de la Fundación Jung
de España, por su apoyo moral para hacer que la publicación castellana de El libro
rojo se hiciera realidad.
Asimismo, nuestro particular y mayor agradecimiento a Soledad Costantini y al
Malba-Fundación Costantini, por haber hecho posible tanto la publicación de El libro
rojo como la de esta obra y por la confianza depositada en mi persona para llevar adelante
ambas empresas. Last but not least, mi gratitud a la Editorial El Hilo de Ariadna
& Malba-Fundación Costantini, dirigida por Soledad Costantini y Leandro Pinkler,
porque su generosidad y su compromiso inmarcesible por lo sagrado fueron el hilo
que hizo posible que nos atreviéramos a ingresar en el laberinto del Liber Novus.
Habent sua fata libelli; los libros tienen su destino dice el conocido adagio latino.
Obviamente, el destino de El Libro rojo de Jung. Claves para la comprension de una
obra inexplicable está atado indisolublemente al del Liber Novus.
Ambas obras aguardan su destino en tus manos, estimado lector, aunque quizás
sea tu destino el que aguarda su lectura.

Francisco García Bazán y Bernardo Nante, “Introducción a la edición española”, Psicologia y
alquimia, OC 12, p. IX: “…la alquimia constituyo su orientacion fundamental durante los ultimos
treinta anos del desarrollo de su concepcion”. Cfr., asimismo, el ‘Epílogo’ de El libro rojo, ELR,
p. 360.





“…los verdaderos secretos no pueden revelarse”
Carl Gustav Jung


El Libro rojo o Liber Novus narra e ilustra bellamente las fulgurantes y aterradoras
visiones de C. G. Jung, acaecidas entre los años 1913 y 1916 ó 1917, y su audaz intento
de comprenderlas. El Libro rojo no es un libro filosófico, científico, religioso, literario
o de arte y, sin embargo, sus impactantes imágenes literarias y plásticas transmiten
una cosmovisión tan arcaica como novedosa. El Libro rojo es sorprendente e inclasificable,
pues no se ajusta a ninguno de los géneros literarios conocidos y solo puede
compararse con los grandes relatos proféticos o míticos del pasado más remoto. No
obstante, esta obra expresa la vivencia y la voz de un hombre de nuestro tiempo,
eco de la voz de la profundidad, que transmite una nueva comprensión de sí como
respuesta a la desorientación del hombre contemporáneo. Paradójicamente, El Libro
rojo permaneció inédito por casi un siglo y, sin embargo, los escasos fragmentos
que de él se conocían ejercieron una notable influencia en la cultura. El estudioso
de Jung cuenta hoy con un invalorable documento, hasta ahora inaccesible, que proporciona
claves fundamentales para comprender la génesis de su obra teórica y de
su praxis. Más allá de la obra de Jung, todo lector interesado en avizorar el horizonte
simbólico de nuestros tiempos encontrará en El Libro rojo un estímulo incesante
para su pensamiento y su imaginación.
El libro rojo no solo es una obra inclasificable, sino que es enigmática y, como tal,
resiste un abordaje superficial. Nuestro trabajo consiste, no solo en ofrecer claves
generales para abordar El libro rojo, sino en realizar un comentario integral de esta
obra a la luz de la misma cosmovisión junguiana, con el simple propósito de facilitar
la lectura de un texto mercurial, cambiante y, no pocas veces, inasible. Cuando se
ingresa a esta obra solo con la razón crítica, el texto resulta inexplicable. Cuando
se deja la razón a un lado, la letra fascina y espanta, pero tal inmersión en su mar
simbólico, a menudo, obnubila e intoxica. Para evitar estos dos extremos que llevan
al ‘sinsentido’, intentamos realizar aquí una travesía por el camino simbólico de El
libro rojo con el abordaje comprensivo sugerido por el mismo texto, es decir, nutriéndonos
de sus propias claves. Esto significa que abandonamos en alguna medida
el ‘sentido’, la ‘razón’, y nos internamos en el incierto desierto del ‘contrasentido’,
pero sin perder nuestra ancla en el ‘sentido’. Para ello nos basamos en los criterios
generales que desarrollamos en la “Primera Parte” y en aquellos particulares que
surgen en el transcurso del comentario más detallado que realizamos en la “Segunda
Parte”.
No obstante, el Liber Novus reclama una comprensión de sí, y ninguna interpretación
prestada reemplaza la labor solitaria a la que el texto invita. El Liber Novus no
solo admite, sino que, en algún sentido, parece reclamar una primera lectura ingenua,
pues recrea esa historia fundamental que, aunque no lo advirtamos, nuestra
propia alma intenta contar. En palabras del propio Jung, esa historia comienza así:

“En alguna parte, alguna vez, hubo una Flor, una Piedra, un Cristal; una Reina, un
Rey, un Palacio; un Amado y una Amada, hace mucho, sobre el Mar, en una Isla,
hace cinco mil anos… Es el Amor, es la Flor Mistica del Alma, es el Centro, es el Si-
Mismo...” 1

Es la historia universal de la realización de la ‘boda mística’, de la unión de los opuestos,
que exige ser contada con la propia vida de un modo único e irrepetible. Pero el
hombre contemporáneo se ha tornado incapaz de vivir su propio mundo simbólico,
por ello Jung añade:

“Nadie entiende esto, solo algunos poetas, solo ellos me comprenderan…”
En Recuerdos, Jung señala:
“El hombre actual ya no es capaz de crear fabulas. Por ello se le escapan muchas cosas,
pues es importante y saludable hablar tambien de cosas inaccesibles”.2

En este sentido, El libro rojo es de por sí un ‘mito’ que trae como uno de sus mensajes
principales la necesidad de que cada uno recupere su propio mito, su ‘historia
simbólica’.
Para poder comprender mejor, es necesario presentar sintéticamente el contenido
del Liber Novus.


El contenido

El Liber Novus trata, fundamentalmente, del renacimiento de Dios en el alma o de
su imagen, el suprasentido, la paradójica conciliación de opuestos. Y si bien tal renacimiento
se presenta a partir de las experiencias del propio Jung, la naturaleza de
esas visiones y el intento de comprensión, que allí se consignan, exceden la esfera
personal y constituyen un mensaje para el hombre contemporáneo.
Tal renacimiento es, por definición, inexplicable, porque aquello que renace,
necesariamente, sobrepasa toda referencia conocida. Sin embargo, es posible ‘comprender’
el texto, recurriendo a una lenta labor de contextualización e indagando en
las claves que la misma obra provee.
Por ello, nuestro libro intenta acompañar la lectura de El libro rojo de acuerdo
con los siguientes criterios:
1. La Primera Parte presenta las ideas centrales del Liber Novus, su contexto en relación
con los símbolos tradicionales que allí aparecen, una lectura alquímica del
mismo, y una breve referencia a su legado en la obra junguiana.
2. La Segunda Parte consiste en un recorrido por las tres partes del Liber Novus:
Liber Primus, Liber Secundus y Escrutinios, de acuerdo con los siguientes criterios:
2.1. Sintetizamos las visiones y los comentarios principales de toda la obra, capítulo
por capítulo y apartado por apartado, con el propósito de facilitar una
visión de conjunto y de ayudar a que el lector pueda mantener la ilación, sostenida
por este modo de acercamiento.
2.2. Completamos lo anterior con sendos esquemas, es decir, cuadros y diagramas
que anticipan y recogen el camino realizado. Téngase en cuenta que esta
aproximación sinóptica del libro es intencionalmente reductiva y didáctica, y no
reemplaza la minuciosa lectura del texto.
2.3. Comentamos, a partir de la síntesis mencionada en el punto 1, los principales
conceptos, símbolos y mitologemas mediante una labor de contextualización.
Es decir, a la luz de la obra de Jung y de sus fuentes, ubicamos sus contenidos en
un contexto más comprensivo, reduciendo a un mínimo toda reflexión crítica.
Por ejemplo, cuando en el capítulo xxi del Liber Secundus aparecen los Cabiros,
intentamos dar cuenta de su significado a partir de las referencias en la obra de
Jung y de su significado en la tradición respectiva.
En síntesis, tres son los contextos que tenemos en cuenta:
a. El propio Liber Novus, es decir, la intratextualidad.
b. La obra de Jung como amplificación teórica del trayecto simbólico.
c. Las fuentes de Jung, no solo desde el concepto de intertextualidad, sino bajo la
mirada de un fenómeno de recepción, es decir, desde el punto de vista de un
símbolo que está vivo porque mantiene su dynamis, su potencia transformadora
y renovadora.
Aunque se trata de un proceso de individuación evitamos —salvo excepciones— la
tentación de aplicar analíticamente los criterios junguianos. El magma simbólico de
El libro rojo invita a resignificar la aproximación, a veces esquemática, que se realiza
de los procesos inconscientes. Sombra, anima, animus, etc., cuando se aplican mecánicamente,
pierden su cualidad evocativa, se transforman en meras explicaciones
y no alientan la comprensión. En definitiva, aspiramos a que nuestro texto estimule
una primera lectura del Liber Novus y ulteriores lecturas de profundización.
Por otra parte, solo un comentario yuxtalineal permitiría dar cuenta de todos
sus conceptos, sus símbolos y los matices propios de sus movimientos íntimos, lo
cual escapa a nuestras posibilidades actuales. Asimismo, cuando podamos acceder
al material aún inédito de Jung y, sobre todo, al resto de sus cuadernos y borradores,
podremos completar y acaso corregir parte de la labor realizada. Debe tenerse en
cuenta, por otra parte, que nuestro trabajo carece prácticamente de antecedentes
y es de esperar que el futuro aporte de otros estudiosos enriquezca esta, nuestra
primera aproximación.
Asimismo, salvo que sea imprescindible y como una suerte de ‘amplificación
personal’ o hermenéutica del individuo, en escasas ocasiones nos detenemos en las
circunstancias biográficas. Esto se debe a dos razones; la primera, conformada por
las limitaciones de toda información biográfica y la segunda, porque lo que interesa
es dar cuenta de su mensaje universal.
Tampoco nos ocupamos de los complejos y controvertidos detalles que giran en
torno a las razones por las cuales no se publicó en su totalidad hasta el año 2009,
pues el lector puede informarse de ello con la lectura de la ‘Introducción’ a El libro
rojo a cargo de Sonu Shamdasani.3






El camino simbólico

El libro rojo relata un largo viaje por las imágenes interiores que se le presentan al
‘yo’ de Jung. Toda la obra junguiana posterior proporciona un marco teórico para
comprender la estructura dinámica y, por ende, la orientación de ese trayecto. Una
aproximación adecuada a El libro rojo ayuda a resignificar la comprensión de un proceso
de individuación que, por lo general, se presenta de modo harto esquemático a
partir de una aplicación rígida de los conceptos.
Es sabido que, al menos en los inicios de su obra teórica, Jung concibe al mito
del héroe como una de las expresiones simbólicas universales más adecuadas para
dar cuenta del proceso de individuación.4 En definitiva, el héroe se entrega a una
aventura fascinante y tremenda, se interna en las oscuridades e incertidumbres de
sus propias tinieblas, enfrenta potencias numinosas con las cuales lucha y se re-
concilia, creándose así, una personalidad más amplia. En principio, el héroe cuenta
solo consigo mismo, con la débil consciencia individual, pero con la consecución
de su aventura se torna cada vez con mayor evidencia la presencia de un guía, de
un ‘espíritu superior’, de un daimon, que constituye una consciencia más alta, una
consciencia capaz de anticiparse a la inmediatez de los hechos y de captar el sentido
latente constelado en un determinado momento. Ya en Transformacion y simbolos
de la libido (1912), Jung señala que los héroes, por ejemplo, Gilgamesh, Dioniso, Heracles,
Mitra, etc., son viajeros o, mejor dicho, ‘errantes’ ya que lo ‘errante’ es un
símbolo del anhelo que nunca encuentra dónde saciarse, pues no puede liberarse de
la nostalgia de la madre perdida, es decir, de lo inconsciente, de lo indiferenciado.5
La historia de la consciencia describe, de algún modo, el arduo camino heroico de la
separación de lo inconsciente, pero Jung señala que con el héroe o con el daimon la
libido abandona la esfera de lo impersonal y adopta forma humana:

“…la forma del ser que pasa del dolor a la alegria y de la alegria al dolor, que semejante
al sol pronto se halla en el cenit como se hunde en la noche tenebrosa de la cual
renace un nuevo esplendor”.6

Jung se nutre, para su estudio, del mito de la obra de Otto Rank, quien ya en 1909
había hecho una interpretación psicoanalítica del mito del héroe, y sobre todo, de
Leo Frobenius, antropólogo difusionista, quien en una obra de 1907 vió en el héroe
el protagonista de un mito solar.7 En sus múltiples viajes, Frobenius había recogido y
sintetizado una enorme cantidad de ejemplos que daban cuenta de la misma estructura:
el héroe es devorado por un monstruo marino en el Oeste, el animal viaja hacia
el Este con el héroe, quien en su vientre enciende fuego y se alimenta cortando un
trozo de su corazón; cuando llega a la costa comienza a cortar al animal desde dentro,
se desliza al exterior y, a veces, también libera a todos los que habían sido devorados
antes.8 El carácter solar del héroe, que corresponde con la tendencia de la libido hacia
la consciencia, estaría indicado por este hundimiento en el vientre materno y la incubación
que allí se realiza para luego alcanzar el Este, la luz. Ahora bien, tanto en la
obra teórica de Jung como en el Liber Novus, la gesta es eminentemente interior. Por
ello, el modelo que mejor caracteriza el proceso de individuación es el de la iniciación,
la gesta heroica que procura una mutación ontológica. En este sentido, el héroe
debe superar el mayor de los pecados —acaso el único— es decir, la inconsciencia:

“Un conocimiento psicologico mas profundo muestra incluso que no es posible vivir
sin pecar cogitatione, verbo et opere [de pensamiento, palabra y obra]. Solo una
persona sumamente ingenua e inconsciente puede creerse capaz de escapar al pecado.
La psicologia no puede seguir permitiendo esas ilusiones infantiles, sino que debe
obedecer a la verdad y constatar incluso que la inconsciencia no solo no es ninguna
disculpa, sino incluso el mayor de los pecados”.9

El héroe está forzado por su estrella, por su daimon, a realizar una travesía que será
un mero vagabundeo errante si no comprende que, en definitiva, es una peregrinación.
Pero, debido a las banalizaciones que la interpretación del mito del héroe ha
sufrido, es fundamental anticipar en esta cuestión la índole peculiar de su presencia
en el Liber Novus. En otras palabras, si se quiere hablar de mito del héroe o de peregrinación
en el Liber Novus, es menester introducir al menos dos aclaraciones:
1. Aunque puedan establecerse etapas y estructuras en el mito del héroe tradicional,
lo esencial del mito y de sus símbolos no admite esquematización alguna.
La New Age ha hecho una parodia del mito y del símbolo en general, de manera
tal que, por ejemplo, el héroe realiza hazañas previsibles, padece pruebas harto
conocidas y su redención es un triste simulacro, pues se limita a un ilusorio
contentamiento de la mediocridad del ‘yo’. Por cierto, esta decadencia espiritual
postmoderna tiene antecedentes y el propio Liber Novus atestigua la degradación
moderna del símbolo, propia de un racionalismo desencantado o de una
devocionalidad superficial. Así, por ejemplo, en el capítulo xvii del Liber Secundus,
los personajes representan paródicamente un pasaje del Parsifal. Aquí el
arquetipo se degrada en estereotipo y el símbolo en mero simulacro.
2. El Liber Novus manifiesta una variante, o acaso un ahondamiento, del mito del
héroe tradicional que permite su reactualización en nuestros tiempos. Este héroe
está llamado a “matar al héroe”, a entregarse a la oscuridad, al ‘contrasentido’,
pero no al modo de un ‘antihéroe’, sino como la tarea necesaria para seguir
su camino sin apoyaturas. Si se quiere, este ‘héroe del suprasentido’ es una peculiar
síntesis de un héroe (‘sentido’) y del anti-héroe (‘contrasentido’). Y si, hasta
cierto punto, esto puede verse como una variante alquímica del mito del héroe
(el dragón es el héroe, el héroe es el dragón), la meta misma de la gesta heroica
no está predeterminada, pues el protagonista, este extraño héroe que es el ‘yo’,
debe entregarse a situaciones inesperadas y a asumirlas de un modo inesperado.
En este sentido, el peregrino es, paradójicamente, un vagabundo, pues se atiene
a aquello que se presenta inesperadamente en su camino, que es tentación,
prueba, guía y, en definitiva, meta. A cada paso este extraño héroe asume algo
de aquello que se le aparece y a la vez se diferencia. Si, por ejemplo, aparece una
forma del ‘Diablo’ y le trae la alegría de la danza y la instintividad, asume algo
de ello sin identificarse, asimilándolo —por así decir— a su ‘seriedad’. Pero su
desafío es permanente y el modo de su resolución es imprevisible. Por ello, la
imaginación no admite restricciones previas; ella despliega su creatividad con
una potencia arrolladora e insondable.
En Las relaciones entre el yo y lo inconsciente, Jung señala que:

“El camino de la funcion trascendente es un destino individual. Pensar que quien
sigue un camino como este esta emulando pasos de un anacoreta psiquico, alejado
de la vida y del mundo, seria de nuevo una completa equivocacion”.10

Es decir, se trata de aceptar todo lo que se da en la psique y en el mundo, como expresión
de una vida que requiere de la consciencia para su integración. Por cierto,
el mismo texto advierte que esto no es un camino para holgazanes, pero que el conocimiento
que este proceso procura permanece inaccesible para quien se refugia
en un camino de vuelta a la Iglesia y, menos aún, en quien pone su expectativa en el
mundo de la Ciencia. Esta entrega a un destino único, que debe ser asumido de un
modo único, es lo que bellamente dice el Liber Novus:

“El astro de tu nacimiento es una estrella errante y en transformacion. Estas, ay,
nino de lo venidero, son las maravillas que daran testimonio de que eres un Dios
verdadero”.11

El mensaje fundamental del Liber Novus consiste, entonces, en afirmar que ese Dios
se renueva de modo único e irrepetible en cada hombre. Pero el peligro del hombre
contemporáneo es que comprenda ese carácter único, esa singularidad, como un
encerramiento en el ‘yo’, cuando en realidad lo que es ‘único’ es la entrega que el ‘yo’
hace de sí a una personalidad mayor, al sí-mismo. Por otra parte, tampoco se trata de
asimilarse a un (supuesto) absoluto prefijado previamente, de allí el cuidado de Jung
por evitar afirmaciones metafísicas,12 ya que la psique refleja y presenta cuestiones
últimas, pero lo hace como expresión de un dinamismo incesante, de un sentido (o,
si se quiere, ‘suprasentido’) que se renueva en el camino.
El camino se renueva en permanencia y, sin embargo, retoma una y otra vez
lo ya asumido; de allí que la circunvalación (lat. circumambulatio) sea una de sus
características. El término, que se aplica inicialmente a la danza ritual, consiste en
un movimiento en espiral que representa la conjunción de elementos periféricos
mediante la aproximación a un elemento central y abarcador. Desde el punto de
vista psicológico significa un recorrido por los aspectos de la psique que deben ser
asumidos, diferenciándolos e integrándolos mediante esa aproximación espiralada
hacia el centro. Los estudios comparativos de Jung lo constatan en los mándalas
de las tradiciones, en los viajes míticos, en los ritos (por ejemplo, en la Misa) y, por
cierto, en sueños y visiones. Pero, aunque hay antecedentes de todo ello en la obra
temprana de Jung, tales constataciones son posteriores a El libro rojo y surgen, inicialmente,
del estímulo recibido hacia 1928, por la lectura del Secreto de la Flor de
Oro. Este movimiento por los puntos cardinales actualiza una personalidad total, un
Hombre Primordial:

“El Anthropos esta caracterizado por la cruz, cuyos extremos corresponden a los
cuatro puntos cardinales. Este motivo queda a veces sustituido por peregrinaciones
correspondientes como la de Osiris, las expediciones de Hercules, los viajes de Henoc
y la peregrinatio simbolica hacia las cuatro direcciones del cielo en Maier; pero lo
mas probable es que este ultimo autor se haya representado el opus como una peregrinacion
u odisea, como p.ej. los argonautas para conquistar el Aurum vellus
(vellocino de oro), tema frecuente entre los alquimistas…”13


El lector podrá observar que en nuestro trayecto por el texto damos cuenta de estas
circunvalaciones simbólicas que a veces tornan explícito su recorrido por los puntos
cardinales.14 Pero a la luz de lo señalado anteriormente, la naturaleza del centro (o su
consciencia) se renueva a cada paso, de manera tal que el ‘yo’ no pueda identificarse
con él. El movimiento hacia un centro con el cual no hay que identificarse produce
una transmutación del tiempo (Aión), en definitiva, de la energía psíquica. Así es
como el hombre, cada hombre, cumple con su vocación cuando recrea el centro, es
decir, lo ‘absoluto’ de un modo único.
Precisamente, este ‘eón’ requiere de esa renovación que comienza con la labor
de cada hombre, pues:

“En ultimo termino, toda vida individual es a un tiempo la vida del eon de la especie”.15

Civilización en transición
El Liber Novus está vinculado a las visiones que anticiparon a Jung el advenimiento
de la Primera Guerra Mundial. Pero de allí se deriva que, en la psique individual late
la psique colectiva; más aún, es allí donde puede renovarse. A lo largo de esta obra
volveremos sobre la presencia de este tema en el Liber Novus, pero quisiéramos ahora
dejar sentadas las ideas básicas que, al respecto, Jung desarrolló con posterioridad
y que dan cuenta de la ‘transición’ por la cual está pasando nuestra civilización.
Civilizacion en transicion es el título del décimo volumen de la Obra Completa
de Jung que reúne textos, referidos a cuestiones sociopolíticas, relacionados con
aspectos de la civilización en tiempos de la pre y postguerra. Pero hemos elegido
este título porque Jung, a lo largo de su extensa obra, hace reiteradas referencias al
tránsito (es decir, al cambio rápido e incierto) en el cual se encuentra nuestra civilización.
Sostiene que nuestra época consiste en la entrega de la conciencia humana
a lo indeterminado e indeterminable; aunque, sin embargo, esa indeterminación
no es ajena a leyes anímicas que permiten ‘anticipar’ —que en sentido junguiano no
significa necesariamente ‘predecir’—, es decir, orientar mediante una presentación
de la situación de la época en términos simbólicos; precioso tesoro para la conciencia
aún no alienada, para la conciencia despierta. Hacia 1933, Jung escribió:


“Dificilmente podremos negar que nuestro presente es una de esas epocas de escision
y enfermedad. Las circunstancias politicas y sociales, la fragmentacion religiosa y
filosofica, el arte moderno y la moderna psicologia estan de acuerdo en esto. .Hay
alguien que, dotado, aunque solo sea de un vestigio de sentimiento de la responsabilidad
humana, se sienta bien con este estado de cosas? Si somos sinceros debemos
reconocer que en este mundo actual ya nadie se siente del todo a gusto, y la incomo
didad sera del todo creciente. La palabra crisis es tambien un termino medico que
indica un peligroso acme de la enfermedad”.16
Asimismo, en una conferencia dictada en Viena hacia 1932, Jung afirmó:
“Las catastrofes gigantescas que nos amenazan no son procesos elementales de indole
fisica o biologica, sino acontecimientos psiquicos. Nos conminan en una medida
aterradora guerras y revoluciones que no son mas que epidemias psiquicas. En
cualquier instante millones de hombres pueden ser atacados por una nueva locura y
entonces tendremos otra guerra mundial o una revolucion devastadora (...) Un dios
del terror [einen Gott des Schreckens] vive en el alma”.17


La conferencia es de 1932 y, aunque refleja la incertidumbre propia de la preguerra,
presenta el punto de vista psicológico desde el cual Jung aborda el problema de la
civilización. Si bien el punto de vista es, si se quiere, modesto, limitado, ‘meramente
psicológico’, de él se derivan consecuencias graves y relevantes porque, de ser así, la
crisis que aqueja a la civilización tiene sus raíces en el alma humana.
En efecto, la interrelacionalidad del hombre con su medio no se limita a aquella
socialmente conocida, consciente, sino que se prolonga en la oscuridad de lo inconsciente.
Ello explicaría por qué Jung pudo anticipar la Segunda Guerra Mundial
al advertir la aparición recurrente de Wotan en los sueños de sus pacientes germánicos,
pues este:

“…es una caracteristica fundamental del alma alemana, un ‘factor’ animico de irracional
naturaleza, un ciclon que reduce y suprime la alta presion cultural”.18


La presencia del mal no asumido en el alma, sino proyectado sobre el prójimo es
de gravísimas consecuencias en nuestra época, pues el hombre, por una parte,
está espiritualmente desamparado y, por la otra, cuenta con un enorme poder de
destrucción. En un texto de 1958, titulado “El bien y el mal en psicología analítica”,
leemos:


“!El Diablo de nuestra epoca es algo verdaderamente terrible! Si se repasa nuestra
situacion actual no es posible prever todo lo que aun puede ocurrir. El proceso seguira
forzosamente adelante. Todas las energias divinas de la creacion iran pasando paulatinamente
a manos de los hombres. Con la fision nuclear ha ocurrido algo terrible, un
poder tremendo ha pasado a manos de los hombres. Cuando Oppenheimer contemplo
la primera prueba de una bomba atomica se le vinieron a la memoria las palabras
del Bhagavad Gītā: ´Mas brillante que mil soles´. Las fuerzas que mantienen unido
al mundo caen en manos de los hombres y estos conciben la idea de un sol artificial.
Fuerzas divinas han caido en nuestras manos, en nuestras fragiles manos humanas”.19


¿Qué hacer ante ese poder demoníaco al alcance de la mano del hombre, que radica
en lo más ignoto de su propia alma? Para Jung, es necesario descender al fondo primitivo
del alma, asumir las tinieblas, vivir el temor de lo primordial para así acceder
a la luz. Sin embargo, la aceleración del tiempo contemporáneo y la enajenación del
hombre, impiden que nos conectemos adecuadamente con el alma arcaica que, en
parte, nos constituye. En una entrevista radiofónica mantenida en Munich el 1 de
enero de 1930, señala:

“...si estos vestigios aun existen en nosotros —y ahi estan— puede usted imaginarse
cuantas cosas hay en nuestro pueblo civilizado que no pueden ponerse al dia con el
acelerado tiempo de nuestra vida diaria, produciendose gradualmente una escision y
una contra-voluntad que a veces toma una forma destructiva”.20
Nuestro autor en ningún momento pretende aportar una ‘solución’ a tamaña crisis,
pero en su descripción de la dinámica anímica que la acompaña, manifiesta y anticipa,
proporciona una cierta orientación, un saber a qué atenerse. En una carta señala
que solo se evitará que todos los pueblos se aniquilen entre sí si surge:


“...un movimiento religioso que abarque todo el mundo, lo unico que puede contener
el diabolico impulso destructivo”.

La religiosidad constituye, para Jung, una dimensión humana fundamental, más
aún, la dimensión humana fundamental; inspirándose en Rudolph Otto, afirma:

“Entiendo que la religion es una actitud especial del espiritu humano, actitud que
—de acuerdo con el concepto originario del concepto religio— podemos calificar de
respeto y observancia solicitas de ciertos factores dinamicos concebidos como ‘potencias’
(espiritus, demones, dioses, ideas, ideales o cualquiera fuere la designacion
que el hombre ha dado a dichos factores) que, dentro de su mundo, la experiencia le
ha presentado como lo suficientemente poderosos, peligrosos o utiles para tomarlos
en respetuosa consideracion; o lo suficientemente grandes, bellos y razonables para
adorarlos piadosamente y amarlos”.21


Por ello, la labor terapéutica —excediendo un abordaje limitadamente psicopatológico—
recupera el sentido de la antigua epimeleia, de la cura animarum:
“El principal interes de mi trabajo no reside en el tratamiento de la neurosis, sino en
el acercamiento a lo numinoso. Es, no obstante, asi: el ingreso en lo numinoso es la
verdadera terapia, y en la medida en que uno llega a la experiencia numinosa, uno se
libra del temor a la enfermedad”.22
El hombre es, para Jung, un ser doblemente colectivo, social y arquetípicamente.
Cada uno de ellos presenta un aspecto creador y otro destructor; la consciencia colectiva
ofrece valores culturales que permiten el trabajo creativo, la diferenciación y
adaptación del individuo, pero puede operar colaborando a su identificación con la
máscara y consiguiente masificación; el inconsciente colectivo (o mas precisamente
el sí-mismo) proporciona impulsos y símbolos que orientan el crecimiento de la
personalidad, pero puede desorbitarla y hasta disolverla en las oscuridades de lo inconsciente,
si el yo no se hace responsable de su vocación. Pero entendemos que, si
nos limitáramos a estas precisiones, podría concluirse que el influjo de la sociedad es
puramente consciente y no parcialmente inconsciente. Lo inconsciente junguiano
admite un nivel cultural y social, cuya herencia (más allá de posibles disposiciones
genéticas) se realiza a través del proceso educativo; en otros términos, la denominada
consciencia colectiva es ‘consciencia’ para la sociedad como un todo, pero es
asumida por el individuo, en gran medida, inconscientemente, a través de la misma
atmósfera en la cual se educa. Por ello, la educación más elevada es, en buena medida,
autoconocimiento a través de la formación cultural que, en parte, ha colaborado
en la ‘construcción’ del sujeto. Así, desde el punto de vista individual, esa ‘consciencia
colectiva’ es, en mayor o menor grado, según el caso, inconsciente. De allí que los
conflictos sociales se reflejen (más aún, se elaboren) en la psique individual.
Jung descubre que los pacientes dependen de los grandes problemas de la sociedad,
de tal manera que el conflicto de apariencia meramente individual se revela
como un conflicto general de su ambiente y de su época. El terapeuta —en la medida
en que verdaderamente lo sea— ayuda a sanar la sociedad y la cultura a través
de su acción terapéutica individual, pues es allí, en el individuo, donde se ‘padece’
la época:
“Cuando contemplamos la historia de la humanidad no vemos sino la superficie exterior
de los acontecimientos (…) En nuestra vida mas privada y subjetiva no solo
padecemos una epoca, tambien la hacemos. !Nuestra epoca somos nosotros!” 23
Por cierto que este énfasis puesto en el individuo llevó a que, erróneamente, se tildara
de individualista a la teoría junguiana. Pero el término ‘individuo’ en Jung alude a
su etimología (lat. individuus, indivisible; individuum, átomo), es decir, no al hombre
que creemos ser y que solemos identificar con nuestro ego o nuestra personalidad
consciente, sino a la indivisible totalidad psíquica. Por otra parte, muchos de los textos
referidos a su defensa del individuo desde el punto de vista social (o psico-social)
se originan en una respuesta a las tendencias colectivistas de la época. De hecho, la
teoría junguiana se opone, tanto al colectivismo como al individualismo; ambas son
formas de disolución del sí mismo. Solo una personalidad sólidamente desarrollada
es socialmente fecunda; por el contrario, Jung afirma:

“…cuanto mas pequena sea la personalidad tanto mas indefinida e inconsciente se
torna, hasta confundirse con la sociedad, perdiendo su propio caracter, que se disuelve
dentro de la totalidad del grupo. La voz interior es reemplazada, entonces, por la
voz de la sociedad y de sus conveniencias y el destino es sustituido por las necesidades
colectivas”.24


Se trata de una regresión del hombre a sus bases arcaicas; se diluye la consciencia
en una participation mystique, en la que no existen individuos sino grupos. Pero
mientras el hombre, genuinamente arcaico, mantiene una relación con los instintos
(cuenta con el universo mítico, simbólico que lo contiene y le da sentido), el hombre
moderno y, más aún, el hombre culto es “…incapaz de percibir esa voz no garantizada
por ninguna doctrina” y corre así, el peligro de hundirse en un gregarismo como,
para Jung, era patente en Rusia, Italia y Estados Unidos en tiempos de guerra y postguerra.
El hombre moderno se ha unilateralizado y cree que ha logrado una desmitologización
(o desmistificación). Sin embargo, como señala un, ya célebre pasaje
junguiano:


“Estamos todavia tan poseidos por nuestros contenidos animicos autonomos como
si estos fueran dioses. Ahora se los llama fobias, obsesiones, etc.; brevemente, sintomas
neuroticos. Los dioses han pasado a ser enfermedades, y Zeus no rige mas el
Olimpo, sino el plexus solaris y ocasiona curiosidades para la consulta medica, o
perturba el cerebro de periodistas y politicos quienes, involuntariamente, desencadenan
epidemias psiquicas”.25


Todo ello es consecuencia de la moderna hipertrofia de la conciencia; hybris, que
lleva a que los hombres no reparen en la peligrosa autonomía de lo inconsciente:
“El supuesto de la existencia de dioses o demonios invisibles constituye una formulacion
de lo inconsciente, psicologicamente mucho mas adecuada, aun cuando se trata
de una proyeccion antropomorfica. (…) Si el proceso historico de des-animacion del
mundo, o lo que es lo mismo, si el retiro de las proyecciones, continua progresando
como hasta el presente, todo cuanto se halle afuera, sea de caracter divino o demoniaco,
habra de volver al alma, al interior desconocido del hombre, de donde aparentemente
partio”.26


Los dos errores materialistas que desacralizan la naturaleza externa (“entre los sistemas
galacticos no pudo descubrirse el trono divino”) y la interna (“Dios es una ilusion motivada
por la voluntad de poder o por la sexualidad reprimida.”), forman parte del mismo
movimiento que manifiesta y culmina en la “muerte de Dios”. Pero Jung advierte:

“Aquel a quien se le muere Dios,
sera victima de la inflacion”.27


Para Jung, la muerte de Dios significa:


“ ‘Abandono la imagen que habiamos hecho de El, . y donde volveremos a encontrarle?’
El interregno esta erizado de peligros, pues los hechos naturales impondran sus
derechos bajo la forma de diversos ‘ismos’ . De ello no surge sino el anarquismo y la
destruccion, porque a causa de la inflacion, la hybris humana elige al yo, en su mas
ridicula mezquindad, para que senoree sobre el universo”.28


Y si esta muerte de Dios enuncia una verdad válida para Europa, para Occidente y,
acaso, para el mundo entero, responde (o ‘acompaña’) un movimiento de la energía
psíquica en cierto sentido arquetípico, presente en el mitologema del Dios que
muere o desaparece y resucita o reaparece, ya sea para toda la comunidad, o bien,
para unos pocos; ya sea externamente, en el ritual o en el renacer de la naturaleza o
en la intimidad anímica. En esta época de la muerte y desaparición de Dios, no se ve
al resucitado; se ha perdido el valor sumo que da vida y sentido y no se ha hallado
nada a cambio. Psicológicamente, el hombre moderno no sabe proyectar la imagen
divina. El retiro e introyección de esa imagen amenazan al hombre con la inflación
y disolución de la personalidad.
Jung describe la aparición de mándalas o figuras circulares en la producción
onírica e imaginativa de sus pacientes. Las delimitaciones redondas o cuadradas del
centro tienen por finalidad la erección de muros protectores o de un vas hermeticum
(recipiente hermético) que evite una irrupción o un desmoronamiento. En los antiguos
mándalas hallamos de ordinario la divinidad; en el mándala del hombre moderno
no se sustituye la divinidad, sino que, habitualmente, aparece simbolizada,
no pocas veces, en la estructura geométrica. Cuando no se produce la proyección,
lo inconsciente crea la idea de un hombre deificado, protegido, casi siempre privado
de su personalidad y representado por un símbolo abstracto. Sin duda, ello conecta
la psique del hombre moderno con modos arcaicos de pensar, pero, a la vez, lo abre
a una indeterminación, sembrada de grandes peligros:
La aventura espiritual de nuestra epoca consiste en la entrega de la conciencia humana
a lo indeterminado e indeterminable, si bien nos parece —y esto no sin razon—
como si tambien en lo ilimitado rigieran aquellas leyes animicas que el hombre no
imagino, pero cuyo conocimiento adquirio por la gnosisen la simbolica del dogma
cristiano, que tan solo socavaran los necios negligentes y no los amantes del alma”.29


Quizá uno de los mayores méritos de la obra junguiana consiste en haber advertido
—desde el punto de vista de una ciencia empírica, por cierto ampliada en su méto
do— las huellas de lo sagrado en el simbolismo de la psique del hombre moderno o,
si se quiere, contemporáneo. Allí parece despuntar aquello que permite salir del nihilismo
incompleto, para utilizar la expresión de Nietzsche, en el cual nos hallamos
sumidos. Esa totalidad se puede proyectar tomando la forma de una megalomanía
de la dominación planetaria (un mesianismo salvífico y destructivo), pues no se trata
solo de constatar el surgimiento del símbolo, sino de comprometerse con su significación
y su fuerza numinosa. Este compromiso es espiritual, más precisamente
religioso, como ya se dijo. Es menester la gestación de nuevos símbolos, desafío que
requiere del concurso del yo consciente y de la voluntad, pero solo como punto de
partida para concitar una apertura hacia un sentido que ha de darse en un lenguaje
y en un modo inesperado y, a la vez, arcaico. Pero dicho símbolo (o conjunto de
símbolos) debe superar la capacidad reductora del racionalismo y de toda forma de
convencionalismo.


“Un simbolo —escribe nuestro autor— pierde fuerza, por asi decirlo, magica o, si se
quiere, su fuerza redentora, tan pronto como se conoce su disolubilidad. De ahi que
un simbolo eficaz haya de ser de naturaleza inatacable. Ha de ser la mejor expresion
posible de la vision del mundo propio de una determinada epoca [y cultura], una
expresion que, en cuanto a su sentido, sea imposible de superar; ademas ha de estar
tan alejado de la comprension que al intelecto critico le falten todos los medios para
poder disolverlo de manera valida; y, finalmente, su forma estetica ha de resultarle
convincente al sentimiento, de manera que tampoco puedan levantarse contra el
argumentos sentimentales”.30


Trátase, en definitiva, del surgimiento o resurgimiento del Dios rejuvenecido; es el
“Dios venidero” que procura una nostalgia escatológica y una expectación fecunda.
Y tal es, como dijimos, el mensaje central del Liber Novus.
Como es sabido —desde el punto de vista de una psicopatología de la profundidad—
en la psicosis, el paciente suele proyectar en el mundo externo la inminente
ruptura de su personalidad y lo hace mediante alucinaciones y delirios vinculados al
fin del mundo. ¿Pero, qué ocurre cuando se produce el movimiento inverso, a saber,
cuando la misma consciencia colectiva (como consecuencia de una constelación de
la época) muestra signos de una inminente ruptura, producto de una disolución
del símbolo? Sin duda, esto da lugar a una psicosis colectiva más o menos latente
de proporciones gigantescas. ¿Será posible sanar el universo simbólico colectivo?
No me refiero a paliativos, ni a meras buenas intenciones, menos aún a exhortaciones
morales. Desde el punto de vista junguiano, ello requeriría una enorme fuerza
espiritual capaz de levantar proyecciones, para así recuperar esa energía psíquica
disociada y lograr que se ordene. Y permítasenos aquí la utilización de un lenguaje
metafórico: ¿no supone todo apocalipsis una catástrofe (katastrophe: inversión, destrucción,
ruptura), pero una catástrofe que duramente despeja y deja al descubierto
la revelación, el apocalipsis? Si “apokalypsis” (revelación) es el sentido interno de la
catástrofe, la destrucción, ¿no podrá anticiparse —en sentido junguiano del término—
este proceso? La tarea heroica consistirá, entonces, en la recuperación o el descubrimiento
del símbolo personal, cultural, planetario. Pero la tarea comienza en
cada uno: habentibus symbolum facilis est transitus, con el símbolo el tránsito es fácil,
decían los alquimistas. Y esa tarea de cada uno compromete a todos.
Jung afirmó:


“Pues hay algo en nuestra alma que no es individuo, sino pueblo, colectividad, humanidad.
De algun modo somos parte de una sola gran alma, de un solo homo
maximus, para decirlo con las palabras de Swedenborg”.31


Unidad y diversidad del opus junguiano
Con el solo objeto de ayudar al lector no avisado, hacemos una breve referencia a la
obra de Jung a la luz del Liber Novus y consignamos, al final, una cronología esquemática
de su vida y de su obra, intercalando las fechas de las visiones.32
Jung intentó descubrir y comprender los símbolos que dan sentido al efímero acontecer
humano. El hombre contemporáneo, confiándose unilateralmente en su razón
esclarecida, se cree libre de su propio mundo simbólico y de los influjos de los
‘dioses’ de antaño pero, como ya hemos señalado, para Jung los ‘dioses’ negados han
pasado a ser enfermedades.
La publicación de El libro rojo agrega un nuevo desafío a la serie de confusiones
que suele suscitar la obra de Jung; y es también, una oportunidad para superar di
chas confusiones. Por cierto, no quisiéramos contribuir con esta apretada síntesis a
la interminable serie de malentendidos, que alentados por ciertos adversarios y por
supuestos seguidores, enmascaran su obra, reduciéndola a alguna fórmula. Sin duda,
contribuye con ello la habitual ignorancia de su obra. En nuestra lengua, recién en
1999, la editorial Trotta inició la encomiable labor de edición de la Obra Completa,
aunque aún no se cuenta —ni siquiera en alemán— con una edición crítica.
A la frecuente ignorancia de su obra, se agrega la de sus múltiples fuentes, que
no siempre son meras ‘influencias’. Tal es el caso de la alquimia, que para Jung forma

“…una corriente subyacente, cuya superficie esta dominada por el cristianismo. La
relacion en que se encuentra con respecto a este es la de un sueno con la conciencia, y asi
como el sueno compensa los conflictos de la conciencia, la alquimia procura llenar las
lagunas de la tension de opuestos que el cristianismo ha dejado abiertas”.33



 Lo femenino,
la materia, lo ctónico (las deidades subterráneas) y el mal forman parte esencial
del universo simbólico del hombre y deben ser integrados. También contribuye con
tantos malentendidos el carácter innovador de la teoría, sumado a las imprecisiones
terminológicas y a las vacilaciones metodológicas propias del pionero. Jung admitió,
ya anciano, que si se le otorgara una segunda etapa de vida, reuniría los disiecta
membra de su obra e integraría los comienzos sin continuaciónen un todo.
Favorecen a esta confusión supuestos seguidores que hacen un uso acrítico de
la teoría y aquellos que la ‘defienden’ reduciéndola a una teoría psicológica más.
Pero el mérito de ésta consiste, precisamente, en intentar comprender al hombre
no desde ‘lo que está siendo’, sino desde lo que puede llegar a ser, a partir de lo que,
aparentemente, ‘está siendo’ y, por ello, recorre el hilo que conecta el abordaje —
en sentido restringido— ‘psicológico’ inicial, limitadamente empírico de la psique
y su despliegue en lo sagrado abierto a lo metafísico. Para lograrlo se constituye en
una fenomenología de la experiencia humana, que solo inicialmente es ‘psicológica’
en sentido restringido, pero que deja de ser un mero ‘método’ para constituirse
en orientación ontológica. La psicología vuelve a ser (contra Lange) ‘psicología del
alma’ y, en definitiva, kosmologia.
La denunciada ‘leyenda freudiana’, de acuerdo con la expresión de Henri Ellenberger,
según la cual Freud “descubrió lo inconsciente” y fue el primero en estudiar
científicamente los sueños y la sexualidad, perdura aún hoy, promovida por la pereza
de, no pocas, historias de la psicología. De tal leyenda se deriva que todavía se
conciba la psicología junguiana como un mero retoño —sea desviado o mejorado—
del psicoanálisis. La comparación entre ambas teorías y prácticas —tarea también
intentada por el propio Jung— puede ser esclarecedora, pero si se quiere comprender
la teoría junguiana es menester hacerlo, hasta donde sea posible, en sus propios
términos.
Hasta antes de El Libro rojo, nuestro conocimiento de la vida de Jung se limitaba
a sus “memorias”, Recuerdos, suenos, pensamientos, surgidas tanto de una labor
estrictamente autobiográfica, como de la pluma de su discípula, Aniela Jaffé, quien
ordenó el texto y algunas referencias indirectas. La información incompleta acerca
de una vida poco común dio pábulo a biografías espurias. Por cierto, la acusación de
nazismo, que algunos han levantado contra Jung, se basa en infundadas sospechas,
pero es sabido que la sospecha es psicológicamente más efectiva que la evidencia.
No podemos detenernos en la cuestión, pero quisiéramos señalar que solo desde
hace poco tiempo, sabemos que Jung fue el Agente 488 de la Office of Strategic Services
americana y que, de algún modo, lideró una fallida conspiración contra Hitler.
Por cierto, la cuestión no afecta la teoría, pero el lector interesado debería comenzar
por leer los textos de Jung referidos al tema, comenzando por el Epílogo al libro


Reflexiones sobre la historia actual.
Carl Gustav Jung nació y murió en Suiza. Desde pequeño padeció una religiosidad
anquilosada, desconectada de la experiencia de lo sagrado, aunque tuvo algunos
sueños que habrían funcionado como una suerte de compensación de este
vacío espiritual. Estudió medicina en Basilea pero, desde joven, sus intereses fueron
vastos y delatan su cosmovisión: leía los clásicos, Paracelso, Mesmer, Swedenborg,
Kant, Schopenhauer, Eduard von Hartmann y, sobre todo, a Goethe y a Nietzsche.
En 1900 ingresó en Burghölzli, la Clínica Psiquiátrica de Zürich dirigida por Eugen
Bleuler. En 1902 publicó su tesis en la que sostiene que los fenómenos ‘ocultos’ merecen
atención, pues dan cuenta del carácter autónomo y creador de lo inconsciente.
A partir de 1904, publicó trabajos relacionados con sus experimentos de asociación
de palabras que le permitieron acuñar el concepto de ‘complejo’. En 1907 comenzó
su colaboración con Freud, quien pronto lo consideró su ‘heredero’, que duró hasta
1913. En 1912 Jung publicó Transformaciones y simbolos de la libido (reelaborado en
1952) que determinó su separación definitiva del psicoanálisis. Allí se lee que los símbolos
funcionan como transformadores: transfieren la libido de una forma ‘inferior’
a una ‘superior’. La libido no es meramente sexual y demuestra carácter prospectivo,
orientador y creativo:


“…hacia falta un hombre que primero experimentara, en si mismo, el doble aspecto
de la psique, y tomara conocimiento, en si mismo, de la legitimidad de la totalizacion
(o individuacion)”.34
En ese sentido, El libro rojo no es stricto sensu una obra científica, pero en sentido
amplio (y profundo) es un ‘experimento científico’, como el mismo Jung lo llama,
que le sirve para fundamentar empíricamente su teoría, pues él mismo debía llevar
a cabo la experiencia originaria y esforzarse por fijarla sobre un fondo de realidad;
de no ser así, se hubiera quedado en meras especulaciones subjetivas incapaces de
cobrar vida. Por eso insiste en que toda su obra proviene de las imaginaciones y
sueños iniciales.
Quizá, una primera aproximación a la génesis de El libro rojo pueda hacerse, a
partir de aquel primer sueño que Jung recuerda y que lo iniciara en los secretos de
la tierra. Se encontraba en un prado y descubrió un hoyo tapiado, rectangular, por
cuyas escaleras descendió titubeando. Tras unas cortinas divisó un suntuoso trono
real. Allí había una figura elevada de carne y piel, llena de vida, pero sin rostro ni
cabello y con un solo ojo que miraba fijo hacia arriba. Luego escuchó el grito de su
madre: “Si, mirale. !Es el ogro!”.35 El encuentro con esta figura vital del inframundo,
tal vez podría considerarse in nuce lo que más tarde aparecería como el espíritu de
la profundidad, cuyo símbolo prístino, la serpiente, será el leitmotiv del libro. Pero,
sin duda, lo que preparó el terreno para El libro rojo fue el profundo y comprometido
estudio que Jung le dedicó a la mitología y que, de alguna manera, quedó plasmado
en la obra recién mencionada Transformacion y simbolos de la libido. De aquella época,
Jung cuenta:


“Me parecia que estaba viviendo en un asilo para enfermos mentales que yo mismo
habia creado. Andaba con todas estas figuras fantasticas: centauros, ninfas, satiros,
dioses y diosas, como si ellos fuesen pacientes que yo estuviese analizando. Leia un
mito griego o negro como si un alienado me estuviese contando su anamnesis”.36


Es importante tener en cuenta que no está psicopatologizando la mitología, sino
que, desde un punto de vista psicológico, descubre y experimenta el ámbito donde
es posible establecer el diálogo con lo inconsciente a través de figuras míticas. Esto
lo llevó a preguntarse por su propio mito, en pocas palabras, cuál es el sentido de su
propia existencia dentro de su comunidad y en el lugar y tiempo que le tocó vivir.
Quien cree que vive sin un mito o fuera de él:
“…es un desarraigado que no se halla sinceramente vinculado con el pasado, con lo
ancestral (que siempre vive en el), ni con la sociedad humana actual. No habita en
una casa como los demas, ni come y bebe como los demas, sino que lleva una vida
para si, embrollado en un delirio subjetivo fraguado por su entendimiento, convencido
de que ese delirio es precisamente la verdad descubierta”.37
En estas elocuentes palabras, escritas en el prólogo de la reedición de esta obra cuarenta
años después de ser publicada, se encuentra una descripción del hombre actual
y, además, —lo que es más lamentable— se mantiene el eco profético. Con todo,
continúa diciendo:


“Me sentia acosado a preguntarme muy en serio: .Que es el mito que tu vives?No
podia dar una respuesta a esa pregunta, sino que tenia que confesarme que yo no
vivia propiamente con un mito ni dentro de el, antes bien en una insegura nube de
posibilidades de opinion que, en todo caso, yo consideraba con creciente desconfianza.
No sabia que vivia un mito, y aun cuando lo hubiera sabido, no por eso habria
conocido el mito que disponia de mi vida prescindiendo de mi mente”.38


Ciertamente, era necesario participar de su mito, vivirlo, para conocerlo realmente:

“De ahi resulto naturalmente la resolucion de aprender a conocer mimito, y considere
que esa era la mision por antonomasia, pues me dije.como podria tener en
cuenta frente a mis pacientes mi factor personal, mi ecuacion personal, tan indispensable
para el conocimiento del otro, si no tuviera consciencia de el?”.39


En ese entonces, ya estaban dadas las condiciones para la profunda indagación a la
que se dedicó como un verdadero pionero que se dispone a explorar tierras ignotas.
Por cierto, no podemos seguir la evolución de la obra junguiana que se reelabora y
amplía permanentemente. Los desarrollos teóricos se consignan en los volúmenes
6, 7, 8 y 9/1; su lectura de la cultura, en los volúmenes 9/2 a 15; las cuestiones psicoterapéuticas,
en el volumen 16; las cuestiones de psicología evolutiva, en el 17. En
realidad, cada tema supone el resto y los 220 trabajos de la Obra Completa deberían
integrarse con la lectura de sus seminarios, cartas, memorias, con el estudio de sus
fuentes filosóficas, científicas, religiosas y mitológicas y, sobre todo, con las experiencias
cuidadosamente anotadas de El libro rojo. La importancia de este último
trasciende el ámbito de lo subjetivo. Jung comprendió que las intuiciones conquistadas
allí no están destinadas solo para él, sino que son una respuesta al Zeitgeist, al
espíritu de este tiempo, constelado sobre el polo de la justificación, la utilidad y el
valor, como se señala en su comienzo. Retrospectivamente, varios años más tarde,
diría:

“Cuando hoy vuelvo la vista atras y medito sobre el sentido de lo que me sucedio en
la epoca de mi trabajo sobre las fantasias me parece como si hubiese presentado ante mi
una embajada con plenos poderes. En las imagenes, habia cosas que no solo me afectaban
a mi, sino tambien a muchos otros. De ello resulto que ya no pudiera considerar que
me pertenecian a mi nada mas. A partir de entonces, mi vida pertenecia a lo universal”.40



Ante el embate de lo inconsciente, a diferencia de Nietzsche, supo asirse a la vida
cotidiana mediante tres anclas: la vida familiar, su profesión de psicólogo clínico y
el ejercicio físico de navegar a vela por el lago de Zürich. Eventualmente practicaba
yoga, aunque solo hasta conseguir serenarse y poder continuar el diálogo con el
espíritu de la profundidad.
Pero en aquel entonces se abría un abismo entre él y su prójimo. Necesitaba encontrar
la forma de elaborar el material y emprender el camino de vuelta:
“Mi ciencia fue el medio y la unica posibilidad de salir de aquel caos”.41
Solo mediante la demostración de que tales experiencias son reales —porque actúan—
y que como experiencias colectivas pueden repetirse también en otros, podría
suturar el mundo interno con el externo. Tarea que se convertiría, en cierta
forma, en el sentido de su vida y obra:

“Me costo cuarenta y cinco anos, por asi decirlo, incluir en el costal de mi obra cientifica
las cosas que entonces sentia y anotaba […] tropece con esta corriente de lava,
y las pasiones que existian en su fuego transformaron y reestructuraron mi vida. Tal
era la materia prima de la cual se formo, y mi obra constituye un esfuerzo mas o
menos acertado de incorporar esta materia candente en la ideologia de mi epoca”.42

Para Jung, lo inconsciente personal está constituido primariamente por contenidos
olvidados o reprimidos y lo inconsciente colectivo, fundamentalmente, por arquetipos.
Inicialmente estuvo influido, entre otros, por A. Bastian, H. Usener, Hubert y
Mauss, L. Lévy-Bruhl y J. Burckhardt. Jung tomó de este último la expresión ‘imagen
primigenia’, para referirse a mitologemas que se plasman a través de la historia en
innumerables formas, dan cuenta del modo de comprender y de estar en el mundo y
perviven en el hombre, en sus sueños, visiones, fantasías. A partir de 1919, introduce
el término ‘arquetipo’ que toma de la tradición platónica tardía y, con ello, algunas
precisiones; los arquetipos son disposiciones que organizan el material captado
conscientemente, no son representaciones heredadas, sino posibilidades heredadas
de representaciones. Los arquetipos son innumerables, pero Jung se aboca sobre
todo al estudio de la ‘máscara’, la ‘sombra’, ‘anima-animus’ y el ‘sí-mismo’, que abarca
consciente-inconsciente y se manifiesta dinámicamente guiando la individuación.
Este proceso supone la apropiación del sentido inmanente a la energía psíquica por
parte del yo. Es fácil demostrar que para Jung la energía psíquica, si bien puede describirse
a partir de un modelo energetista finalista-cuantitativo, en última instancia,
es ‘actividad imaginativa’.
El proceso de individuación no se limita a una cuestión intrapsíquica pues suscita
una mayor conciencia del mundo, del prójimo y de la trascendencia. El concepto
empírico de sincronicidad —que Jung elabora apoyándose en la física cuántica y el
taoísmo— descubre la existencia de un sentido que subyace y excede la dicotomía
sujeto-objeto. Si la teoría junguiana se centra en el proceso de individuación, toda terapia
es o desemboca en una cura animarum, pues recupera la vivencia de lo sagrado.
Historia de la cultura y lectura de la psique individual se complementan para
comprender el mundo simbólico que anticipa los acontecimientos de la humanidad.
El mundo simbólico no asumido posee, invade y causa infinitos males; tal como
ocurrió con la constelación de Wotan en el mundo germánico y seguirá ocurriendo
si el hombre no se compromete con su proceso de individuación. A ello apuntan
varios de los trabajos incluidos en Civilizacion en transicion (volumen 10 de su Obra
Completa); también sus trabajos sobre arte y literatura —por ejemplo, sobre Picasso
o Joyce— intentan mostrar, en la fragmentación del mundo contemporáneo, los
síntomas de una renovación (volumen 15).
Pero los estudios sobre cuestiones culturales particulares se conciben desde el
trasfondo de una aproximación que intenta abarcar el movimiento espiritual de la
humanidad como un todo, tal es el caso de Aion que da cuenta de la versión del símismo
que viene gestándose en Occidente desde hace dos mil años. Por cierto, la
clave para comprender tal movimiento la provee, fundamentalmente, la alquimia
(volúmenes 12, 13 y 14). De los variados textos referidos a la religión occidental, quizá
el más conocido es Psicologia y religion (en el volumen 11 de la Obra Completa), que
desemboca en la muerte de Dios, acontecimiento vigente en el hombre contemporáneo,
en cuya psique reaparece la divinidad abismada.
Pero, acaso el eco más evidente de El libro rojo lo hallamos en el polémico Respuesta
a Job, que presentamos brevemente a la luz de un estudio iluminador de
Henry Corbin.43 En él, Jung examina la representación de Yahweh en el Libro de Job
en términos de sus relaciones amorales e indiferenciadas con el hombre. Yahweh
aparece allí mucho más ‘humano’ que divino; es injusto, irracional y con menor conciencia
moral que el propio Job, quien pide a Dios que lo defienda de Dios mismo,
situación que simboliza la naturaleza dual de Dios como protector y perseguidor,
como bueno y malo a la vez. Esta antinomia de Dios da cuenta de una potente tensión
de opuestos que comienzan a conciliarse en el diálogo —en buena medida frustrado—
entre ambos. La omnipotencia divina no condice con la omnisciencia y la
Justicia que de Él se espera. Sin duda, Jung no pretende realizar una lectura exegética,
sino un análisis psicológico y, para ello, muestra momentos de la autorrevelación
de Dios a través de un recorrido por la literatura sapiencial veterotestamentaria y
la literatura cristiana, particularmente apocalíptica. Y si bien este ‘Dios Inconsciente’
parece asimilable al demiurgo gnóstico, Jung describe —en clave alquímica— la
integración del hombre y lo divino en una ‘no-dualidad’ que se corresponde, en clave
psicológica, con la integración yo/sí-mismo. Esta integración comienza por la
mediación de Sophía, fuerza femenina coeterna con Dios. Sophía aparece en tres
momentos: primero en el modo ya descrito de la ausencia, luego en una anamnesis
que aparece en Proverbios, Sabiduria y Eclesiastico y, por último, en su exaltación, en
clave apocalíptica.
Respecto de la anamnesis, basta mencionar que los hombres, al sentirse expuestos
a la arbitrariedad de Yahweh, necesitan de Sophía, que hasta entonces solo se
opuso a la nada del hombre. Pero la Sophía preexistente reaparece anunciando una
renovación mediante una hierogamia divina, eterna, aunque, hasta entonces, insospechada,
que desemboca en la creación del segundo Adam, el Hombre-Dios. De la
meditación sobre las visiones apocalípticas, se proyectará la alta bóveda del dogma
de la Asunción de María, verdadera respuesta a Job. Esta Mujer se une en el Pleroma
a Dios, lo cual permitiría el nacimiento del filius sapientiae, como una encarnación
continua. Anticipación juanina a Jakob Böehme y a la alquimia, que reaparece en
Meister Eckhart o Angelus Silesius. El hombre empírico será, así, el lugar del nacimiento
de Dios, que permite la correspondencia (no la identificación psicologista)
entre Dios y el sí-mismo.
Para comprender el surgimiento del hombre total es menester una aproximación
a la espiritualidad oriental, complementaria y no opuesta a la occidental. En la
obra junguiana, el equívoco término ‘Oriente’, se centra, fundamentalmente, en el
yoga, en su acepción amplia, comprendido como un fenómeno panasiático que incluye
el budismo y el taoísmo. Estos trabajos surgen de un doble estímulo: por una
parte, los textos orientales lo sacaron de su aislamiento, le permitieron comprender
fenómenos arquetípicos que el ‘yoga’ estudia e induce, análogos a los que se constataban
en algunos pacientes (por ejemplo, formaciones mandálicas) y por la otra,
de su amistad con destacados especialistas como Richard Wilhelm, H. Zimmer, D.
Suzuki, Evans Wentz, etcétera.
Jung reconoce el valor de la espiritualidad oriental, pero critica tanto una apropiación
acrítica del Oriente —que no tiene en cuenta el propio inconsciente cultural—
como toda hipercrítica materialista, que desmerece la espiritualidad oriental o
la reduce mediante un abordaje meramente erudito. El desafío occidental consiste
en “…obtener los valores orientales desde dentro y no desde fuera, buscandolos en nosotros,
en lo inconsciente”. La imitación impide el proceso de individuación y suscita
una peligrosa posesión inconsciente. Occidente desarrolló sus propias prácticas o
vías (teurgia, el hesicasmo, los ejercicios de San Ignacio), pero no están vigentes.
Jung no duda que, con el correr de los siglos, Occidente producirá su propio yoga
sobre la base creada por el cristianismo. Quizá, avizoró su obra como un eslabón
más en esa dirección. Su mensaje práctico, dirigido a todos los hombres, retoma
—en clave contemporánea y con base científica— aquello que las tradiciones espirituales
sostienen en su esencia desde siempre: el hombre es responsable de descubrir
un tesoro oculto en su interior. Tal tarea ardua, individual y universal, personal y
colectiva, carece de garantías y no puede suplirse con pertenencias a determinados
grupos o con simples rechazos.
El espíritu de la profundidad llama a una aventura espiritual; en definitiva, a
narrar con la propia vida esa historia inmarcesible de la que ya hablamos:

“En alguna parte, alguna vez, hubo una Flor, una Piedra, un Cristal; una Reina, un
Rey, un Palacio; un Amado y una Amada, hace mucho, sobre el Mar, en una Isla,
hace cinco mil anos… Es el Amor, es la Flor Mistica del Alma, es el Centro, es el Si-
Mismo...”44